Mikel INSAUSTI
CRÍTICA «Secretos de guerra»

Juegos infantiles bajo el fuego cruzado de la ocupación

No sé hasta qué punto pueda llegarles el eco de la II Guerra Mundial a las nuevas generaciones de escolares, pero quienes crecimos influidos en nuestra niñez por “La guerra de los botones” (1962), sabemos lo que significa la pérdida de la ingenuidad con respecto a la violencia, y cómo lo que creías que formaba parte de un juego acaba siendo el reflejo de la cruenta realidad adulta. Esto lo supo plasmar de forma magistral Roberto Benigni en “La vida es bella” (1997), y también resulta reconocible en la adaptación cinematográfica de la novela de John Boyne “El niño del pijama de rayas” (2008). Madurar de golpe bajo la amenaza de las bombas es algo terrible, que aún así no evita que los menores sean capaces de construir su propio refugio imaginario.

Así lo hacen los dos amigos protagonistas de “Secretos de guerra”, que viven ajenos al verdadero horror de la ocupación en Holanda, hasta que a su corta edad llegan a verse implicados en el mismo por distintas e inevitables causas. Pese a que sus respectivas familias pertenecen a los bandos rivales de la Resistencia y de la autoridad local pronazi, ellos se sienten iguales y no entienden de luchas ideológicas o de invasiones de una potencia sobre las naciones vecinas. Todo hasta que llega al colegio una niña diferente, que resultará ser judía. Los celos serán el detonante de las primeras rencillas entre ambos colegas, y a partir de ese momento empezarán a intuir la beligerancia existente a mayor escala y el modo en que afecta a todos sin excepción.

El realizador Dennis Bots acierta plenamente con la dirección interpretativa de los actores y actrices infantiles, algo que suele ser siempre complicado, y que le ha valido premios en festivales internacionales como el de Chicago. No obstante, las situaciones bélicas a las que accenden a veces de manera un tanto increíble puede que parezcan un tanto forzadas.