Mujeres enamoradas en la clandestinidad de los 50 (II)

No creo que “Carol” sea una película fría, tal como opinan sus detractores. Del mismo modo que en la primera entrega de la crítica elogiaba las interpretaciones de Cate Blanchett y Rooney Mara por encima de todo, también he de seguir reconociendo que Todd Haynes y el guionista Phyllis Nagy aciertan al abrir el diálogo entre las dos protagonistas. El consagrado cineasta tampoco falla en el tono narrativo, que es el adecuado, y así lo proclamaron las entusiásticas crónicas festivaleras de Cannes. Filma con una cámara poco menos que oculta, porque lo impone ese ambiente de clandestinidad en el que se mueven las amantes, obligadas a esconder su romance secreto a los ojos de los demás. El clima intimista encuentra siempre la complicidad de las miradas, ya sean las furtivas de la mujer joven o las intensas de la mujer madura. Por ese lado, y he revisado la películas varias veces, no encuentro pega alguna.
Tras sopesarlo mucho, y por más que me duela tratándose de mi admirado Todd Haynes, he llegado a la conclusión de que “Carol” es de todas sus creaciones la que más deja al descubierto lo que hay de artificio en su cinéfilo estilo autoral. Por primera vez la atmósfera “retro” resulta decorativa, como si no formara parte de la sustancia del relato. Es lo exterior, ese mundo del que las protagonistas huyen. La banda sonora con canciones de los años 50 es antológica, pero llega un momento en que el sonido del viejo vinilo resulta tan epidérmico como el propio vestuario. La escena en que escuchan el villancico de Perry Como en el coche, o cuando Therese regala a Carol un disco de Teddy Wilson y Billie Hooliday son como de anuncio nostálgico. Para distanciarse de esa estética de postal sonora Haynes recurre a las composiciones de Carter Burwell, que aquí recuerdan demasiado a las de Philip Glass y chocan con el clasicismo visual, provocando un cierto bloqueo emocional.

«A esta generación le toca poner las bases del Estado vasco»

«Quiero que no siga explotando a la gente inmigrante»

«La única certeza es que el realismo de Trump nos lleva a la destrucción»

Cuatro grandes sombras oscurecen aún más la inoculación de vacunas caducadas
