Un refugio antinuclear para mitos incorruptibles

La cultura argentina del pasado siglo ha dado muchos y grandes mitos universales, pero ese empeño popular en divinizar a Maradona o a Eva Perón los vuelve insoportables, como también me lo parece la enésima película dedicada a la memoria de la que fuera líder espiritual de los descamisados. La idea de embalsamar a esta mujer fue terrible, porque diríase un intento de santificación mediante la conservación de su cuerpo incorrupto. Como quiera que Tristan Bauer ya le había dedicado el documental “Evita, una tumba sin paz” (1997), faltaba la ficción correspondiente sobre la rocambolesca y esperpéntica historia del peregrinaje de su cadáver momificado, hasta ser finalmente enterrado casi 25 años después de su muerte.
Lo que Pablo Agüero hace es una teatralización (sabida es la pasión que hay en Buenos Aires por el teatro y todo lo que tenga que ver con lo discursivo), en la que se establece un debate político entre militares golpistas y la bella durmiente del peronismo. Una dialéctica por demás demagógica, puesto que ya bastante teatralidad tiene en sí mismo el ejercicio público del poder. Creo que por el lado del fanatismo religioso se podría haber entendido mejor todo este ceremonial y celebración de la falsa eternidad, o prolongación de la vida en muerte. Y así se olvida Pablo Agüero de ilustrar el muy importante papel que jugó en semejante ópera bufa y sacra la Iglesia, mediante la intervención directa de representantes vaticanos.
Comparar a los seres humanos con bombas de neutrones es desproporcionado, y por ello se sepulta a Eva Perón en una especie de refugio antinuclear, como si sus enemigos vivos la temieran más en su condición fantasmal que en la de carne y hueso. Tal enfoque encaja en el nivel onírico propuesto por la película hasta cierto punto, ya que debería ajustarse más a un relato terrorífico, como lo es el acento que maneja el inadecuado actor francés Denis Lavant.

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