Las viejas vanguardias como testigo del caos urbano

En el festival de Sevilla el segundo largometraje de Luis Aller recibió el premio Resistencias, que define muy bien la naturaleza a contracorriente de un proyecto absolutamente fuera de lo común, de los que ya no se estilan.
“Transeúntes” es una creación fiel a las viejas vanguardias, y que vista hoy representa una manera de hacer cine rupturista que ha quedado fuera de la evolución del audiovisual marcada por las depedencias y servidumbres tecnológicas de la era digital. Estamos hablando de cine puro, hecho artesanalmente, y por lo tanto atemporal en su radicalidad formal y conceptual. Luis Aller se inició en el cine experimental con “Barcelona, lament” (1991), y acto seguido se puso ya a trabajar en la obra que ahora se acaba de estrenar. Ha dedicado las últimas tres décadas a filmar en las calles de su ciudad, intentando captar su pulso vital. La idea de “Transeúntes” surgió como respuesta al triunfalismo que vivió Barcelona con la organización de los Juegos Olímpicos, para ofrecer otras perspectivas posibles muy alejadas del modernismo turístico que se pretendía vender desde las instituciones. En cierto modo se fue adelantando a la crisis económica que iba a ir cambiando esa imagen de postal, hasta transformarla convulsamente fruto de una realidad social cada vez más diversa y llena de fuertes contrastes culturales.
Entre unas cosas y otras, al final “Transeúntes” ha necesitado veintitrés largos años para presentar un montaje definitivo, cuya fragmentación llega a casi siete mil cortes entre sus breves planos, encontrando en el caos interno la alternativa a la continuidad o linealidad narrativa. La fotografía contribuye aún más si cabe a la falta de unidad cromática, al combinar diferentes formatos y tipos de película al estilo de los collages godardianos. Todo ocurre demasiado deprisa en la gran urbe, y es imposible retener tantas y tantas microhistorias cotidianas.

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