El reequilibrio entre moderación y nostalgia revolucionaria en Irán
Los resultados en las elecciones en Irán han certificado el giro iniciado en 2013 bajo la presidencia de Rohani, pero no suponen un cambio profundo sino la consolidación del pacto entre los sectores conservadores moderados del influyente Rafsanyani y el guía supremo, Ali Jamenei, a costa de la facción principalista y más recelosa respecto a Occidente.

Las elecciones al Parlamento iraní y a la Asamblea de Expertos han arrojado unos resultados que ponen en cuestión las lecturas reduccionistas y maniqueas en torno a la complejidad política de la República Islámica.
En primer lugar, con la victoria de la «moderadamente» conservadora y progubernamental Lista de la Esperanza, estamos ante un ejemplo de normalidad democrática y de confirmación de la alternancia en el Gobierno que se dio con el triunfo de Hassan Rohani en las presidenciales de 2013. Y todo ello es inhabitual en una región, la de Oriente Medio, en la que abundan las monarquías teocráticas y las dictaduras dinásticas.
Es evidente que el sistema marca sus límites, y el primero de ellos es que el Consejo de Guardianes, verdadero poder fiscalizador en Irán, no elegido por sufragio universal y vinculado directamente al guía supremo, rechazó a más del 90% de los candidatos reformistas críticos en una primera criba antes de los comicios.
Este criterio de exclusión es siempre injustificable, pero se puede, en cierto modo y salvando las distancias, equiparar a los mecanismos preventivos que aplican otros regímenes políticos más cercanos, como por ejemplo el apoyo o la discriminación económica, jurídica y mediática a las candidaturas favorables al sistema o díscolas.
En la misma línea, el hecho de que el Consejo de Expertos, asamblea de clérigos que elige al guía supremo, sea elegida por sufragio universal matiza la concepción de Irán como una teocracia absoluta.
La derrota en las elecciones del 26 de febrero de significados dirigentes del sector principalista, como los ayatollahs Mohamed Yazdi –hasta ahora presidente del citado Consejo– y Mesbah Yazdi –mentor en su día del expresidente Mahmud ahmedineyad– les deja fuera del organismo que, casi con total seguridad, elegirá al sucesor del actual guía supremo y heredero del imam Jomeini, el septuagenario Ali Jamenei.
¿Quiere decir ello que estamos ante un triunfo de los reformistas como el que llevó al poder a Mohamed Jatami en 1997? Ni mucho menos. Rohani y su aliado, ayatollah y antecesor de Jatami, Akbar Hashemi Rafsanyani, lograron unir bajo su lista a todos los candidatos y sectores que apoyan el proceso de «liberalización» económica y cierta normalización de las relaciones con Occidente. Eso incluye al amplio espectro de lo que se viene a presentar como los «conservadores moderados». Difícil lo tendría el también clérigo Rohani si pretendiera contar con estos apoyos dar impulso a una verdadera agenda reformista en lo social-religioso.
Y Rafsanyani insistirá en que su objetivo es acabar con la figura incontestable del guía supremo (velayat i faquih) y sustituirla por una suerte de guía colegiada –en la que, por supuesto, él tendría la voz cantante–. No lo tendrá fácil con Ahmad Yanati, presidente del Consejo de Guardianes y quien ya se perfila como bastión del sector principalista tras haber logrado in extremis el último escaño por Teherán para el Consejo de Expertos.
En definitiva, Irán seguirá siendo regido por un complejo sistema de equilibrios inestables pero funcionales en los que cada una de las facciones del poder lucha por sus intereses pero conoce sus límites.
Y estos no constriñen solo a Rohani o a los reformistas. El propio ayatollah Jamenei, cuya elección para suceder a Jomeini fue duramente contestada tras la muerte en 1989 del líder de la revolución islámica iraní, es consciente de que no puede tensar la cuerda y no le tembló el pulso cuando purgó al presidente Ahmedineyad tras el susto que supuso su discutida reelección en plena revuelta verde en las presidenciales de 2009.
Como no ha dudado en apoyar, pese a sus admoniciones contra EEUU, el acuerdo nuclear con el «Gran Satán».
En conclusión, hasta el lenguaje al uso para describir desde Occidente la realidad política iraní –«ultraconservadores», «moderados reformistas»– confunde más que aporta. Ni qué decir de los análisis en blanco o negro sobre un país en el que, como casi en el resto del mundo, manda el gris.

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