Rosas marchitas
De todas las frases que se escucharon esta semana en el Congreso hay una que se transformó en imagen y que quedará registrada en la memoria: la de Felipe González con su pasado manchado de cal viva. «A estas alturas no me voy a ofender», ha asegurado el ex presidente, que desde aquel mitin en el velódromo de Anoeta que abrió la campaña electoral de 1982, no dejó de elevarse. No en vano lo llamaban Dios..
Algo similar ocurrió con Mitterrand. Y Hollande, que querría también ascender y perdurar, olvida que en el logo de su partido pone «socialista» y propone un proyecto de Ley de Trabajo que aplauden agradecidas las grandes empresas y que indigna al resto. Según las encuestas, siete de cada diez franceses se oponen una reforma laboral que no hará más que aumentar la desigualdad, que no sólo es económica. Una encuesta reciente del INSEE, instituto francés de estadística, además de alertar de que la esperanza de vida ha descendido, pone en evidencia que la de los obreros es seis años menor que la de los directivos. O que la de determinados políticos como González, que cumplió 74 el pasado jueves. Él está como el socialismo institucional que defienden Sánchez u Hollande, marchito. El otro, el que no está en las alturas, el socialismo de la realidad, de la calle, del día a día parece que empieza a florecer.

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