Desarrollo consumista
La hija quiere reconstruir su memoria, la memoria de su familia, de un tiempo, décadas finales del siglo XX, de un lugar, un pueblo gallego, y lo hace a través de una película documental. Desde ese planteamiento inicial, lo que en un principio parece un sencillo ejercicio de reconstrucción, se va componiendo una mirada a una sociedad que se va desmoronando, pero que mantiene su pulso vital sostenido en los productos de las baldas de un supermercado que fue una sala de baile donde se conocieron los padres de la joven y se van dibujando circunstancias laborales, esperanzas que se fueron difuminando. Narrado en tiempo real a base de la memoria activa, una eficaz reseña de aquellos años en donde quedaban intactas todas las ilusiones y que hoy, con tres decenios transcurridos, quedan brasas de aquellos volcanes emocionales y hasta económicos.
El planteamiento escénico adquiere valor conforme avanza la historia, lo que parece costumbrismo y naturalismo se va transformando en simbólico, lo que es una linealidad acercándose a un caso pequeño, se convierte en ejemplar, en metafórico, en denuncia amarga de una vida vivida en el borde de lo inevitable. La dramaturgia se acompaña de una puesta en escena que dosifica, añadiendo capas de emoción conforme los actores van tomando más cuerpo y valor, en una historia que crece hasta pincharse de golpe, como todas las burbujas a las que hace referencia. Todos atrapados en un juguete roto: el desarrollo consumista.

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