De la fama como virtuoso solista al anonimato de la educación musical

El cine brasileño tiene una pésima distribución y rara vez llega a estrenarse en nuestras salas, pero gracias a la coincidencia con las Olimpiadas de Río es posible ver una película con mensaje universal pero de fuerte sabor local como “Tudo que aprendemos juntos”. Aunque fue presentada en el festival de Locarno dentro de la sesión de Clausura, donde ha logrado reconocimiento es en su propio país, al ganar el Premio del Público en el festival de Sao Paulo. Por algo está ambientada en dicha populosa ciudad, y más concretamente en el barrio de favelas de Heliópolis, zona deprimida sobre la que lanza una mirada esperanzada y positiva, que allí ha gustado mucho.
Para la audiencia de habla no portuguesa también es fácil entrar en el contenido de la película, más allá de lo exótico de su ambientación, porque se ajusta al género del biopic musical, en su variente de profesor inspirador para un alumnado marginal, tal como ya se encarga de dejar bien claro el título de la versión doblada. Se basa en una obra teatral de Antonio Ermirio de Moraes, que rinde homenaje a la figura del músico paulista Silvio Baccarelli, fundador del instituto que lleva su nombre, y que en Brasil forzó en los años 90 una legislación cultural sobre la enseñanza artística para las clases menos favorecidas.
La suya es, cómo no, una historia de superación personal. Este hombre vio frustrada su carrera vomo virtuoso solista cuando no pasó las pruebas de ingreso en la Orquesta Sinfónica del Estado de Sao Paulo, lo que le llevó a aceptar una plaza de educador, descubriendo en la ensañanza musical las satisfacciones que puede brindar una labor formativa en medio del anonimato. No se dará cuenta del valor de su nueva función hasta hallar a un joven talento, que se podría echar a perder por la falta de apoyo familiar y de medios económicos en un clima de violencia callejera.
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