Pareja rota por la pérdida de su hijo de cuatro años

Cuando no entras en una película es muy difícil juzgarla desde fuera, pero lo que ocurre en “La memoria del agua” no me llega con el mismo impacto emocional que parece sacudir a su pareja protagónica. Es como si para identificarse con los personajes de Elena Anaya y Benjamín Vicuña hubiera que haber pasado por una experiencia similar, lo que supone tanto como dejar al margen de la película a todo el público que no ha sentido una pérdida desde la paternidad. Es una opción bien distinta a la seguida por Nanni Moretti en su magistral “La habitación del hijo” (2001), donde el cineasta italiano sí transmitía a la audiencia su dolor más íntimo, haciéndola partícipe del mismo.
A mi modo de ver, “La memoria del agua” es la creación más hermética del chileno Matías Bize junto con “En la cama” (2005), y eso que en esta ocasión no se limita al espacio único consignado en aquel título. Los planos siguen siendo muy cerrados, porque la cámara en mano está muy encima del actor y la actriz principales, a los que sigue en unos primeros planos inestables, que crean tensión pero sin dotar de profundidad a sus expresiones de sufrimiento, siempre deudoras de unos diálogos tan vacíos como sus propias vidas. Sirva de ejemplo la frase que le dice ella a él para explicarle la razón por la cual no pueden seguir juntos tras la muerte de su pequeño: “Si somos felices, él no existe”.
Las acciones que protagoniza esta mujer tampoco concuerdan con sus palabras, porque acto seguido de declararse totalmente vacía y condenada a la soledad fiel al ser ausente, se empareja con un antiguo novio de la universidad, con el que tal vez llegue a tener más descendencia o vuelva a empezar de cero. Por su lado, el ex se refugia en los recuerdos familiares y se acerca a su padre, con el que tiene pendiente un viaje al sur, una vez vendida la casa con piscina en la que sucedió la tragedia del ahogamiento en un fatal descuido.

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