El presidente electo no improvisa al señalar a Abe en su rivalidad con China
La recepción atropellada de la delegación japonesa de primer nivel por parte de Donald Trump en su torre de Manhattan y el hecho de que asistiera a ella su hija Ivanka dan una idea de la imprevisibilidad e improvisación que serán marca de la casa de su inminente presidencia.
Ello, sin embargo, no resta un ápice a la importancia de la cita. Y el hecho de que el primer ministro japonés haya sido el primer mandatario en ser recibido por Trump una semana después responde a todo menos a una ocurrencia de última hora.
Shinzo Abe es un halcón decidido a modificar la Constitución «pacifista» impuesta por EEUU a Japón tras su capitulación en la Guerra del Pacífico y, desde su llegada al poder, ha incrementado el gasto militar nipón hasta situarlo en niveles récord. Justo lo que Trump asegura que exigirá a los aliados.
Más allá de sus anunciadas divergencias en torno al Acuerdo Transpacífico –que Trump aseguró quiere renegociar, para disgusto de Tokio–, Abe puede ser insustituible si la futura Administración estadounidense hace caso al Comando del Pacífico e instaura patrullas militares disuasorias frente a China y sus ambiciones marítimas. Obama no lo hizo pero Trump ya ha señalado a China como el gran rival de la «grandeza de EEUU». Su único norte y objetivo.

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