Como puños
Con una cadena al cuello que les ligaba a los barrotes del Palacio de Justicia de París, un puñado de jóvenes de Aitzina reclamó esta semana del ejecutivo socialista el acercamiento de los presos y la liberación de aquellos gravemente enfermos. Termina este año como el anterior, sin que ni un gobierno ni otro asuman que su justicia, por arbitraria y vindicativa, no es tal.
Un par de días después, en un periódico español, el exsubcomisario José Amedo, condenado por participar en los GAL, tras mostrar su arrepentimiento y llamar al Estado a reconocer que la guerra sucia fue creada por Interior, solicita un «final ordenado de ETA» y que «se facilite el acercamiento de sus presos a cárceles vascas» bajo determinadas condiciones. Sostiene además que no debe existir diferencia entre víctimas de uno u otro signo y termina pidiendo perdón por el daño causado.
Cierto es que la credibilidad de este hombre es cuestionable, pero no es menos cierto que en su reflexión, sentida o no, pueden encontrarse verdades como puños. Como ésos que sostienen rosas rojas. Ojalá en este nuevo año ése y otros puños se abran, se dé un reconocimiento mutuo del daño causado, se ponga fin a la mentira, a la injusticia y al agravio, y se pongan las bases para un futuro de verdad, de justicia y de reparación. Sin cadenas al cuello, sin barrotes y con las manos abiertas.

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