El riesgo de un largometraje animado mudo

L a historia que hay detrás de “La tortuga roja” es tan conmovedora como la que cuenta la propia película, porque el veterano animador holandés Michael Dudok de Wit ha conseguido realizar su primer largometraje a los 63 años, viendo así materializado el proyecto madurado durante toda su carrera. Los últimos quince años han sido los más decisivos, a partir del Óscar al Mejor Cortometraje de Animación que obtuvo con “Father and Daughter” (2000), ya que gustó tanto a las mentes creativas del mítico estudio japonés Ghibli, que varios años después se pusieron en contacto con él, para iniciar el lento y laborioso proceso de producción artesanal que ha dado lugar a esta maravilla dibujada con mimo en plena era digital.
La recompensa a tanta perseverancia vino en el festival de Cannes, y dentro de la sección Un Certain Regard, donde la película obtuvo el Premio Especial del Jurado, además de los encendidos elogios de la crítica especializada. Y es que a nivel técnico “La tortuga roja” es lo mejor que se ha hecho en mucho tiempo, gracias al detalle puesto en la representación de la naturaleza de las islas vírgenes en las que transcurre esta bella fábula. Todos y cada uno de los elementos climatológicos están cuidados al máximo, tanto en las escenas luminosas y soleadas con las sombras perfectamente perfiladas, como aquellas otras en las que el agua de la lluvia se convierte en protagonista gota a gota. Pero lo más prodigioso son las tomas submarinas o las relativas al espectacular maremoto con sus impactantes escenas de destrucción.
Con todo no deja de representar un desafío para el espectador, por el riesgo que entraña su total ausencia de diálogos. Una obra muda y visual llena de carga simbólica, que profundiza en la soledad humana a través de la figura del náufrago, describiendo su evolución en contacto con la naturaleza y sus ciclos.

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