La última trinchera emocional

El director Jeff Nichols ha sido saludado como heredero de los grandes clásicos del cine gracias a un estilo que carece de estridencias y cuyo dominio de la cámara permite captar las emociones más íntimas de sus personajes siguiendo pautas similares a las que utiliza Clint Eastwood en propuestas como “Los puentes de Madison”. Ejemplo de ello podría ser la pequeña joya “Mud”, en la que asistimos a todo un recital de un Matthew McConaughey que ha resurgido para el mundo de la interpretación gracias a papeles como el que encarnó en aquel thriller dramático enmarcado en el profundo sur estadounidense, territorio siempre ávido de crónicas extremas como la que vuelve a asomar en esta nueva pieza. Tomando como referencia un caso real, Nichols se aleja de los clichés habituales del folletín dramático para elaborar una historia en la que afloran ese tipo de emociones gracias a un entramado argumental bien armado y que se nutre de diálogos calmados que jamás desvirtúan lo que se quiere contar. Fiel a su discurso, el cineasta recurre de nuevo a una temática que ha sido habitual en sus cinco películas, la automarginación mostrada a través de muy diferentes personajes. En esta oportunidad, esta temática es mostrada a través de las vivencias que comparte una pareja que, en la Virginia de los años 60, ha optado por vivir en soledad e ilegalidad una relación interracional prohibida. Las sobresalientes interpretaciones de Joel Edgerton y Ruth Negga otorgan un plus mayor de credibilidad a una película en la que el racismo jamás asoma en su forma física más extrema y sí lo hace mediante otros recursos que lejos de mitigar el sentido de su mensaje, lo amplifican. Todo en “Loving” rezuma vida porque incluso la propia escenografía y las criaturas que la habitan asumen un rol protagónico en una obra en la que la soledad se transforma en la última trinchera de una conducta emocional coherente.

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