Cuando un éxito militar asegurado no garantiza la victoria estratégica
No será fácil ni un paseo triunfal, pero arrebatar Mosul al ISIS no es ninguna sorpresa. Recién capturado el este de la ciudad, lo que vendrá después enfrenta a muchos de los que toman parte en esta batalla y, más que derrocar al ISIS, podría suponer una perpetuación de la guerra por otros medios.

El pasado 17 de octubre el primer ministro iraquí, Haider al-Abadi, anunciaba el inicio de la ofensiva final para recuperar Mosul y prometía que la bandera de su país ondearía pronto sobre la ciudad. Por su parte, la Administración Obama se sentía presionada para declarar la victoria antes de que los estadounidenses fuesen a las urnas, algo que validaría su estrategia de guerras subsidiarias en Irak y Siria. Quizá confundiendo deseos con realidad, o en un ejercicio de propaganda, dieron a entender que la caída de Mosul sería, si no inminente, sí relativamente rápida.
Dos años antes los yihadistas había tomado el control de esa estratégica ciudad, la segunda mayor urbe del país, antes de hacer lo propio con una gran parte de los territorios del norte y oeste de Irak. El Éjercito y las instituciones del estado colapsaron por completo. Llegaban imágenes terribles, espeluznantes, de ejecuciones sumarias intensivas, de secuestros masivos de mujeres yazidíes que luego vendían para esclavizarlas sexualmente. El mundo miraba lo que acontecía atónito, horrorizado e impotente.
A los días, el máximo dirigente del autoproclamado Estado Islámico (ISIS), Abu Bakr al-Baghdadi, hacía su primera aparición pública en la Gran Mezquita de Mosul y proclamaba a los cuatro vientos la instauración del Califato. Tras declararse como el califa Ibrahim, dijo ser el Mensajero de Alá y «Wali» o líder de todos los creyentes.
A mayor control de territorio y de población, más impuestos, mayor acceso al dinero. La ciudad de Mosul, con una población cercana a los dos millones de habitantes, no solo se convirtió en la mayor urbe que controlaba el ISIS, en su «joya de la corona». También era el lugar desde donde el califa Ibrahim proclamó su Califato, su valor simbólico era enorme.
Tras dos años de preparativos, en un estado de guerra permanente, y con una situación en la vecina Siria realmente endiablada, más de 30.000 efectivos pertenecientes a las fuerzas iraquíes, a grupos paramilitares chiíes y kurdos, a milicias confesionales y tribus suníes, cada cual con sus propios intereses, libran una batalla encarnizada por arrebatar Mosul al ISIS. Apoyados desde el aire por una coalición de casi 40 países liderada por EEUU y desde tierra por fuerzas especiales de varios países occidentales y de potencias regionales como Turquía e Irán, todos tienen un mismo fin a corto plazo: combatir al ISIS. Sobre lo que vendrá después, sus planes difieren completamente.
Tras meses de duros combates, el 8 de enero las fuerzas del gobierno iraquí alcanzaban la orilla este del río Tigris. Pocos días después retomaban la Universidad, utilizada por el ISIS como centro operativo y fábrica de armas químicas. Anteayer anunciaron la captura completa del este de Mosul y el inminente inicio de la operación para capturar el oeste. Para rodear toda la ciudad y establecer un cerco militar que cortara todas las vías de suministro han necesitado más de un año –hay informes contradictorios sobre la existencia de un corredor hacia el oeste que permitiría a los yihadistas una ruta de huida hacia Siria y facilitaría un eventual colapso de la organización–.
De los cinco puentes sobre el Tigris que tenía Mosul, todos fueron bombardeados e inutilizados para limitar la capacidad de los yihadistas para reabastecerse y reforzarse. Aunque es cierto que las fotos de satélite muestran que fueron destruidos cerca de la orilla y no por la mitad, para poder así acelerar una eventual reconstrucción de los mismos.
Ante miles de yihadistas preparados para sacrificarse, otros tantos, incluidos líderes con ascendencia interna, han dejado la ciudad para asegurar la continuidad de la organización y su adaptación a nuevas fases. La ofensiva ha necesitado del apoyo de tanques, artillería, drones y ataques aéreos. Derrotarlos no está siendo sencillo. El ISIS ha tenido dos años para preparar esta batalla. En sus mezquitas, en sus post de internet y cuentas de redes sociales, ha echado mano de una batalla ocurrida hace más de 14 siglos, la llamada «Guerra de las Trincheras», un capítulo histórico narrado en los textos de la historia islámica en la cual el profeta Mahoma lideró a los 3.000 defensores de Medina que derrotaron a los más de 10.000 árabes y judíos que intentaban conquistarla. Al margen de este recurso retórico, retienen a cientos de miles de civiles como escudos humanos, disponen de cientos de kamikazes y han minado la ciudad.
Han construido enormes zanjas de petróleo a las que dan fuego para dificultar la visibilidad a los aviones, y distintos analistas apuntan con temor a la posibilidad de que guardan armas químicas para un apocalíptico final. Por otra parte, utilizan pequeños drones adaptados como «bombas volantes», un complejo y sofisticado sistema de túneles. Algo que en sí no es nada innovador, que ya se ha visto en diferentes teatros de guerra asimétrica, desde el Líbano o Gaza –con drones de ataque, búnkeres y plataforma subterráneas de lanzamiento de cohetes– hasta las provincias afganas de Helmand y Kandahar donde los talibanes usaban las redes «karez» –sistemas tradicionales subterráneos de irrigación– como túneles de ataque.
Que Mosul va a caer no es ninguna sorpresa. Y que no va a ser ningún paseo triunfal, tampoco. Aún queda un largo camino para capturar el oeste de la ciudad, una zona algo más pequeña en territorio que la del este pero mucho más densamente poblada, donde se encuentra el casco antiguo, con calles en las que no caben los blindados y en los que el ISIS tiene un mayor apoyo popular.
Confirmado ya que el ISIS no ha huido en desbandada ni ha colapsado, las estimaciones más optimistas hablan del último trimestre de 2017 como fecha plausible para la captura de toda la urbe. Pero visto hasta qué punto ha ralentizado la encarnizada resistencia de los yihadistas la toma del este de la ciudad, quizá sea aventurado avanzar esas fechas.
En clara inferioridad numérica y logística, la cuestión no era tanto si Mosul caería o no, sino el cuándo lo haría. Y visto los antecedentes de Ramadi o Fallujah, que iba quedar destrozada, en ruinas, era algo sabido. También que cientos de miles de civiles huirían y que se crearía una catástrofe humanitaria. Los servicios médicos de la cercana ciudad de Erbil hablan de un «nivel desastroso de víctimas mortales». Solo en el mes de noviembre, casi 2.000 miembros de las fuerzas de seguridad iraquíes murieron en ataques, unos datos que triplican los del mes anterior. 170.000 personas han dejado ya sus casas –muchos de ellos con síntomas severos de trauma– y el organismo de la ONU para los refugiados, ACNUR, calcula que podrían llegar a los 700.000 los que necesitarían cobijo de emergencia.
Más pronto o más tarde, declararán la victoria. Pero el desafío seguirá siendo el mismo: qué significa ganar y cómo se mantiene en el tiempo. En efecto, la batalla por liberar Mosul es solo una parte de una lucha mucho más larga y complicada que podría durar muchos años. El grueso de las fuerzas que el ISIS ha dejado para la defensa de Mosul –distintos analistas las cifran entre 3.500 y 5.000 yihadistas– serán sacrificadas, pero eso solo será el preludio de algo muy diferente y mucho más largo que vendrá después. Tras la liberación de Mosul probablemente vendrá una fase larga de enfrentamientos y ataques con elementos del ISIS acogidos por tribus, dispersados y reagrupados en otros pueblos y ciudades, o en otros países, en Siria y más allá.
Sin un acuerdo político que sea inclusivo, que trate a todos los iraquíes por igual, y con intereses tan claros en militarizar el conflicto en Irak, no habrá una solución sostenible. Imposibilitarlo es perpetuar la guerra por otros medios. Algo que más que erradicar al ISIS, que debilitarlo, haría de este una excusa permanente para intervenir en Irak, para seguir bombardeando países, para abrir y sostener nuevas zonas de conflicto.
¿Qué es un Estado Islámico sin Estado, sin territorio? ¿Podrá el ISIS volver a capturar las grandes ciudades que ha perdido? Parece probable la metamorfosis de una organización que controlaba grandes territorios y una población de más de 10 millones de personas, a otra que, esperando su momento, se limita a atacar objetivos concretos, a «infieles», con tentáculos y diferentes marcas desde Afganistán hasta Nigeria.
No obstante, el modelo del Califato seguirá frecuentando la imaginación de muchos yihadistas del mundo, durante mucho tiempo. El ISIS perderá el califato, sí. Será un golpe duro para su moral. Pero entonces comenzará otra historia. Convertida en fuerza con tácticas de guerrilla, una guerra asimétrica de desgaste, por muchos años, es una amenaza bien presente.

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