Izar no lo entiende
Solamente como brutal, se puede considerar la situación de Izar. Solamente como despiadado, el hecho de que, en las peores circunstancias que alguien pueda imaginar, cuando más la necesita, su madre no esté con ella. Izar no lo entiende. Es demasiado pequeña para entender que no se le tiene en cuenta como la niña que es. Ni se le tiene en cuenta cómo la víctima que es. Se le tiene en cuenta sólo, como el instrumento que es: el instrumento en el que una política penitenciaria de excepción, ha convertido a todos los familiares de presas y presos políticos vascos, sea cuál sea su edad y su condición, sean cuales sean sus circunstancias. Porque no es la condena que Sara está cumpliendo la que le escamotea cuanto sea posible, las horas que podría pasar a su lado. Ni la que le mantiene encarcelada cuando debería estar en libertad condicional. Ni la que mantiene a las dos, madre e hija, a 600 km de su domicilio familiar. Ni la que rechaza liberarla para que pueda cuidar de ella.
Izar no lo entiende. Los avalistas de la política penitenciaria, los grandes comerciantes del dolor, se lo pueden explicar con la tranquilidad y la indolencia con que saben hacerlo: «lo que tienen que hacer los familiares, es convencer a los presos de que se arrepientan». Izar no lo entiende. Lo grave es entenderlo, asumirlo y admitirlo.

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