Carlos GIL
Analista cultural

Cartografía

Recorro el prudente imaginario de los sinsabores en busca de un chocolate barato para mi loro. Una voz se impone en mi cabeza por encima de los susurros cargados de inseguridad. Hay que protegerse de la mala aplicación de las nuevas tecnologías convertidas en manifiesto de la modernidad abstracta. Una vez alguien aseguró que el mapa no es el territorio y los zapadores empezaron a cavar trincheras. Por eso es necesario que cada uno, independientemente de cuál sea su servidor de wifi, sea capaz de hacer una cartografía de sus emociones y sus deseos.

Leer un libro no es una manera directa de redimirse, ni escuchar un concierto es ser un camino para descubrirse melómano al amanecer. “Me gusta” no es una opinión, es un signo universal que uniformiza el no pensamiento. Un tic. Escuchar a un responsable cultural de un centro o lugar público decir si le gusta o no le gusta un espectáculo de danza, una exposición o una edición es motivo suficiente para la rebelión. ¿Se le paga a alguien para que programe lo que le gusta o lo que es importante? Eso es gestión patrimonialista decadente, personalizada desde la más indefensa ausencia de criterio valorativo.

Urge realizar una cartografía cultural para acomodar la gestión rutinaria a los nuevos lenguajes, intentando amortiguar las invasiones virtuales y definiendo el concepto de una cultura democrática y activa al servicio de la ciudadanía y no para su amodorramiento.