Izar y Sara
No voy a hablar de apego ni de pautas de crianza. No necesito invocar a la sicología para reivindicar el derecho de Sara Majarenas a proporcionar a su hija el cariño y apoyo necesarios para poder superar la experiencia traumática vivida.
Izar es una superviviente de la violencia machista en su expresión más cruel: agredir brutalmente a la hija para infligir un castigo atroz a la madre.
Victimizada por las instituciones, Sara no es una madre negligente incapaz de cumplir con lo que socialmente significa ser una «buena madre». La dificultad para cuidar y proteger a su hija no recae en su incapacidad como madre sino en la situación carcelaria que le impide satisfacer las necesidades de seguridad de Izar y retomar el control de sus vidas.
La separación impuesta a ambas alimenta la angustia y los miedos –incluido el miedo de no saber nombrar lo padecido–. Para desembarazarse del peso muerto de la violencia sufrida, deben estar juntas. Madre e hija se necesitan mutuamente para restañar la herida que supura, para recomponerse del íntimo desgarro y reconstruirse. No permitamos que las secuelas de la violencia petrifiquen en la memoria, ni que a las cicatrices de la piel les acompañen ausencia y abandono impuestos. Porque no hay libertad bajo pena, Sara e Izar deben estar juntas y libres.

El problema no son solo las formas, sino un fondo sin garantías desde 1979

«Que solo se permita comprar casas para vivir es legal, está sobre la mesa»

Martxoaren 3ko biktimen aurka jo du Gasteizko gotzainak: «Tentsioa dago»

Los kurdos lo pierden todo contra Damasco
