Duelo de titanes en Wimblendon

El reencuentro en la pantalla con las imágenes tratadas con una fotografía de reminiscencias ochenteras y que recrean los prolegómenos y enfrentamiento que tuvo lugar en la final que se celebró en la pista central de Wimbledon en 1980, supone el vehículo perfecto para disfrutar con los recuerdos que nos legó aquel mítico duelo Bjorn-McEnroe.
A título personal el tenis nunca me ha dicho nada, pero sí recuerdo que aquel duelo de titanes propició que en muchos barrios los chavales sacáramos a la calle aquellas raquetas que tan solo utilizábamos, bajo secreto sellado en nuestras habitaciones, para emular a los guitarristas de rock que soñábamos ser. Aquel cara a cara propició que muchos, al menos por unos días, organizáramos partidos de tenis en campos de tenis de asfalto y tiza. Todo ello evoca un capítulo que se encargó de advertirnos que, solo tal vez, el tenis no era para niñatos engreídos. De todo ello también se habla en este interesante e intenso trabajo que nos habla de aquella disputa entre dos genios del tenis diametralmente opuestos y que fueron tratados como auténticas deidades. Cada cual en su lugar, el uno vociferante y el otro gélido como un témpano –supongo que no habrá que citar quién era quién–, llevaron a cabo una de esas secuencias deportivas que figuran en los anales de la historia.
La gran virtud del cineasta Janus Metz ha sido la de aplicar los términos técnicos que siempre relacionamos con los combates de boxeo filmados. De esta manera, la violencia del ring se traslada a un duelo sin cuartel sobre hierba en el que los intercambios de golpes se resuelven a través de raquetazos que atruenan en una pista cargada de tensión, aplausos y recuerdos que constantemente retornan a sus dos protagonistas. Mientras el filme nos revela las interioridades del sueco Björn Borg y el estadounidense John McEnroe, sobre todo aquellos que hacen referencia a un periodo infantil que les marcaría para siempre, asistimos a un pasado que nos permite descubrir que en el fondo ambos contrincantes no eran tan diametralmente opuestos como la prensa y ellos mismos se encargaron de alimentar a lo largo de sus carreras. Es decir, que tan solo el tiempo y ciertos consejos de su fiel preparador y mentor, interpretado en la pantalla con gran acierto por Stellan Skarsgård, lograron que el gélido sueco no estallara en las pistas como lo hacía el volcánico McEnroe el cual, por otro lado, quiso mostrar en aquel encuentro que determinaría su futuro estrellato su lado menos explosivo. Si a un conjunto en el que funcionan los engranajes dramáticos le sumamos las miméticas caracterizaciones que han realizado Sverrir Gudnason y Shia LaBeouf, topamos con una jugada muy completa que no requiere de match-ball, ya que su propia eficacia es la principal ventaja con la que cuenta este interesante filme.

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