Mikel INSAUSTI
CRÍTICA «C’est la vie!»

Un mundo imperfecto y preocupado por las apariencias

Cuando salgo de ver una comedia en la que me he reído, he reconocido a los personajes y su realidad caricaturesca, y he disfrutado con esa ceremonia del caos de la que todos formamos parte con divertida resignación, suelo darme por satisfecho. Luego leo los comentarios de otros colegas, y no entiendo lo que le piden al humor, como si con chistes se pudiera cambiar el mundo.

La comicidad no es otra cosa que un espejo de feria grotesco y deformante, en el que nos vemos reflejados como verdaderos monstruos risibles, que seguramente es lo que somos al fin y al cabo. No comparto esa necesidad intelectual de cebarse con Éric Toledano y Olivier Nakache por el esfuerzo que dedican en llegar al gran público y hacerle disfrutar durante un par de horas. ¡Que levante la mano el que no ha ido a una boda y se ha burlado del resto de invitados! Pero es que si tienes un conocido o conocida que trabaje en un servicio de cáterin para banquetes nupciales, los chismes que te hace llegar ya son la monda.

Los aguafiestas también le achacan a “La sense de la fête” que ya se han hecho demasiadas películas sobre un día de boda, concepto que sirvió para titular la versión doblada de la creación de Robert Altman “A Wedding” (1978), pero lo cierto es que no recuerdo ninguna que como esta estuviera contada desde el punto de vista de los trabajadores, del personal contratado para servir y entretener a los novios y sus invitados. Los que pagan se vuelven muy exigentes, máxime si la boda de postín se celebra en un castillo de cuento, dificultando la labor del servicio de cáterin, presa desde el primer momento de la Ley de Murphy en la que todo puede salir aún peor.

Sucede así porque el enlace matrimonial es utilizado como exhibición de poder económico, de un lujo basado en las apariencias, que choca con la propia imperfección humana y su tendencia al desastre coral.