¡Yo, ya!
Se ha colado entre nosotros una sensación de urgencia. Hasta por las cosas más nimias. Lo atribuimos a los cambios culturales y responsabilizamos de ello a la generación de las nuevas tecnologías: ¡Lo quiero yo y lo quiero ya!
El valor colectivo ha cedido paso al culto al individuo y a una búsqueda frenética del reconocimiento personal y la inmediatez del deseo. El exhibicionismo en las redes o los selfies podrían ser una expresión de ello; no estimula tanto conocer nuevos lugares o personas como mostrar en una imagen que yo estoy allí.
Freud fue el primero en diagnosticar el narcisismo como una patología, y en esas andamos. Hasta que la epidemia adquiere rango de norma cultural. Por ello sería injusto atribuir solo a los adolescentes y jóvenes una red en la que nos vemos cada vez más atrapados. Lo quiero yo y lo quiero ya. No hace falta ser imberbe para participar de la falta de empatía en el semáforo, en la cola del autobús o en la barra abarrotada de un bar. O en la lista de espera para agredir a la profesora de mi genial hijo...
Quienes entienden de esto nos advierten de que alimentar ese monstruo caprichoso con la autocomplacencia, la falta de esfuerzo y la soberbia choca con la realidad y genera ansiedad. Y la ansiedad, frustración e impotencia.
Por eso me reconforta la actitud de los pensionistas y jubilados que toman las calles cuando son entrevistados por la televisión. Son la generación de la huelga de Bandas y Potasas, la del Proceso de Burgos y el Mayo del 68... Y en el tramo final de sus vidas todavía saben mirar lejos y reclaman condiciones dignas para ellos... y para sus hijos.

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