12/04/2018

SARA MAJARENAS
EXPRESA

Catorce meses después de la brutal agresión que dejó a su hija entre la vida y la muerte, Sara Majarenas recobró el lunes su libertad. Ha sido un largo año marcado por la violencia machista y la excepcionalidad. Con Izar de la mano, ahora mira adelante. [Entrevista íntegra en Info7 irratia]

«Había muros invencibles que no dejaban que estuviera con mi hija»
Iraia OIARZABAL|DONOSTIA
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Cuando apenas pasaban 24 horas desde que recobrará su libertad y regresara a Donostia junto a su hija Izar, recibimos a Sara Majarenas feliz y emocionada. Antes de entrar a la entrevista con GARA e Info7 confiesa que aún está tomando tierra. Atrás queda aquel 15 de enero de 2017, un día que ni ella ni Izar olvidarán. La pequeña fue agredida por su padre, un expreso social, durante un permiso de fin de semana y ahí empezó la pesadilla para madre e hija, doblemente victimizadas por la violencia machista y la política carcelaria.

«Fueron los momentos más duros de mi vida», relata Majarenas con los ojos vidriosos y un tímido temblor en la voz. La secuencia de los hechos resulta terrorífica: «Fue mientras yo llamaba por teléfono al que era mi pareja; en ese momento acuchilló a mi hija. Yo en el momento supe que estaba pasando algo, no sabía que le estaba acuchillando pero sabía que era algo muy violento. Es el momento que yo más presa me he sentido, porque no me podía mover del módulo», explica.

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VÍDEO-RESUMEN

En ese momento, Majarenas dio el toque de alarma. «Los servicios de seguridad de la cárcel de Picassent estaban escuchando en directo la llamada y a ellos también les pareció que algo grave estaba sucediendo», recuerda. La falta de humanidad se manifestó desde el principio y en el más pequeño de los detalles. Esa era la última llamada que tenía permitida y no pudo volver a telefonear a nadie. «La incomunicación en ese momento fue total». Aislada del exterior, relata cómo cada instante se sufre más intensamente como madre: «La incomunicación que podemos tener cualquier preso se agrava al ser madre porque tu tienes una necesidad superior de saber cómo esta tu hija o hijo en cada momento cuando está en la calle».

Kilómetros de dolor

Lo recuerda todo como si fuera ayer. En medio de la ansiedad generada por aquella llamada supo que Izar estaba ingresada y su agresor en prisión. Nada más. «Yo no sabía lo que había pasado, podía haberme vuelto loca de verdad. No hubo sensibilidad en ningún momento por parte de unas instituciones superiores que tenían que haber tomado una decisión valiente y contundente en el sentido humano. Esa madre tenía que haber estado con esa niña en ese mismo momento», sostiene.

Todo esto sucedía a más de 500 kilómetros de sus familiares, que tuvieron que trasladarse inmediatamente a Valencia. «Él mismo avisó a mi familia cuando se estaba presentando en comisaría. La última llama que hizo fue a mi padre diciendo: ‘aquí tenéis vuestro regalo, vuestra nieta está muerta’. Habiendo recibido esa llamada mi madre y su pareja tuvieron que coger el coche y sin saber lo que había pasado recorrer todos esos kilómetros. Dos amigos también cogieron el coche y fueron detrás. Es la brutalidad más extrema de la dispersión», denuncia.

Un horror inducido

Un alejamiento que se ha mantenido hasta el último día de condena de Majarenas. Durante los primeros días tras la agresión, con Izar en estado grave, los obstáculos fueron constantes. Relata cómo lo vivieron y denuncia que la decisión de impedir que madre e hija permanecieran juntas era política. «Esa agresión la sufrimos todos, sobre todo en Euskal Herria, como si nos la hicieran a nosotros mismos. Y creo que en la cárcel de Picassent también lo entendieron como algo muy brutal e intentaban hacerlo lo más fácil posible. Pero constantemente había unos muros invencibles que no dejaban que yo pudiera estar con mi hija», concreta.

La excepcionalidad del caso queda en evidencia cuando Majarenas explica que en Picassent o en cualquier otra prisión cuando un menor es ingresado la madre está a su lado las 24 horas del día. «Izar tuvo antes una infección de orina y estuvo tres días ingresada y yo me mantuve con ella esos tres días. Yo no podía entender por qué esa vez sí estuve con ella en el hospital y ahora después de estar mi hija debatiéndose entre la vida y la muerte no podía».

El juez de Vigilancia Penitenciaria la Audiencia Nacional José Luis Castro le concedía un permiso cada dos días para estar 40 minutos con Izar. «Casi era peor que no ir porque a mí sí que me valía ver a mi hija pero ella no entendía porque podía ir solo 40 minutos cada dos días, esposada. Un día incluso le tuve que dar el pecho esposada. Fue un horror», reconoce.

Esta situación suponía para Izar «un gran desequilibrio». «Entre lo que ella estaba viviendo, lo que estaba luchando por su vida… En las primeras 72 horas nadie nos garantizaba que iba a salir con vida. Yo cuando iba al hospital siempre hablaba con los médicos y solo pedía que me dijeran si iba a salir. Nadie me podía responder a esa pregunta», añade.

La lucha por seguir juntas

Otra pregunta que durante semanas no obtenía respuesta y que ahondó en el sufrimiento fue la relacionada con la inminente separación de madre e hija, prevista para cuando Izar cumpliera 3 años. Aunque la legislación establece que esta es la edad límite para que un menor pueda vivir en prisión, las circunstancias hacían más apremiante si cabe que madre e hija no fueran separadas.

«Mi madre y yo estábamos casi seguras de que nos iban a separar y le contamos desde el principio a Izar que se iría a Donostia con la amona y yo me quedaría en Picassent. Se lo explicamos de tantas maneras y con tantos cuentos que ella lo entendía. Creo que yo lo vivía con demasiada frialdad. No me permitía ni sentir y la amona lo mismo, en ese momento no estábamos para dedicarnos a nosotras estábamos para dedicarnos a Izar», relata.

Mientras tanto, la demanda de que ambas permanecieran juntas fue constante y logró un amplio apoyo social. Finalmente, el mismo día que Izar cumplía los tres años el juez notificó la decisión de no separarlas, pero no regresaban a casa, pese a que Sara satisfacía las condiciones para acceder a la libertad condicional con los tres cuartos de condena cumplidos. Su próximo destino sería un piso tutelado en Alcobendas, bajo control de Instituciones Penitenciarias.

«Necesitábamos curarnos»

Preguntada sobre la estancia en Madrid, se mezclan el alivio inicial con el sufrimiento que se reproducía cada día lejos de Euskal Herria y de su entorno social, tan necesario para Izar. «Al principio sí que lo viví como un logro. Pensaba: no me separo de mi hija, voy a dormir todos los días con ella. Eso era lo más importante del mundo. Pero en esto hay muchos matices. Sí, duermes con tu hija. Pero dónde, a cuántos kilómetros, si se te está reconociendo el daño que estás sufriendo…», apunta.

«Las condiciones en Madrid eran muy duras. Esto no es una casa de acogida, ojalá lo hubiera sido porque nos hubiera dado un espacio que sí que necesitábamos Izar y yo de curación. Esto no era eso, era el módulo 23 de la prisión de Aranjuez y así te lo describe la Junta de Tratamiento de prisión cuando llegas. Sigue siendo cárcel. Es muy duro ver la calle ahí y solo poder salir dos horas. ¿Qué hago yo con una niña metida en casa 22 horas? Eso no pasa ni en la cárcel», apostilla.

A ello se suma que Sara no tenía las mismas condiciones que sus compañeras, que por ejemplo tenían 12 horas de salida los días festivos o podían ir con sus hijos e hijas a actividades mientras ella no. «¿Cómo le explicas a tu hija que los demás niños sí pueden ir a ver a los payasos y ella no?», cuestiona.

Promesas

En ese contexto, explica que las promesas incumplidas se le han hecho lo más duro: «nosotros sí hemos cumplido nuestra palabra, ellos no». «Desde el principio, cuando hemos hablado con jueces y demás nos decían que era algo de paso y que Izar podría volver a Euskal Herria y comenzar el curso en la ikastola. Todo han sido mensajes de esperanza que nos hemos creído. Si me hubieran dicho la verdad desde el principio quizá hubiera tomado otro tipo de decisiones más justas hacia Izar por lo memos. Y no he sido libre ni en eso».

Tras recordar que su caso hizo aglutinar diferentes fuerzas y evitar la separación, aboga por seguir trabajando. «Estoy segura de que podemos hacerlo. Mi mayor deseo es que no haya este sufrimiento para nuestros niños, que están obligados a viajar miles de kilómetros para ver a su ama y a su aita. Hay soluciones para ello».

Asimismo, manifiesta su apoyo a las decisiones adoptadas por el EPPK y confía en ver movimientos más pronto que tarde: «Ojalá que mi año, aunque haya sido duro, también valga para haber abierto otra vía. A mí sí me han dado tres permisos de seis días que he podido disfrutar aquí en casa. Ojalá detrás del mio vengan muchos más casos y de ahí podamos conseguir libertades condicionales y cambios de grado, porque es posible».

Una víctima desatendida

Ya en casa quiere tomarse tiempo para ella misma y asimilar lo ocurrido. Algo en lo que durante estos meses se ha sentido en cierta medida desamparada, al menos por parte de las instituciones. «Yo lo que he sentido es que no ha habido un reconocimiento de mi daño. Mi expareja si hizo esto era con el único motivo de hacerme daño a mí, de destruirme a mí. En este año yo no he tenido ni tratamiento ni ayuda sicológica ni derecho a estar con mi familia, con la gente que me quiere, y de sentirme arropada», expresa.

Es tajante al afirmar que su caso daba para tomar unas decisiones valientes y ofrecer una solución efectiva. «Dicen tolerancia cero a la violencia machista y no he notado tolerancia cero hacia la violencia machista sino hacia mí. En Madrid, dispersada… he sentido todo lo contrario, ningún gesto de reparación ni de querer ayudarme en el proceso como víctima».

La entrevista termina con una sonrisa y un «ahora sí habrá reparación». En la ikastola, Izar le espera para poder seguir juntas con esta nueva etapa que emprenden juntas.

HUMANIDAD


«No hubo sensibilidad por parte de las instituciones que tenían que haber tomado una decisión valiente y contundente en el sentido humano»

«Lo que más duro se me ha hecho es que durante este año se nos hayan dado tantas esperanzas. Nosotros sí hemos cumplido nuestra palabra, ellos no»

«Lo que he sentido es que no ha habido un reconocimiento de mi daño, de mis sentimientos como mujer que ha sido maltratada»

«Izar no entendía por qué podía ir solo 40 minutos cada dos días, esposada. Fue un horror y un desequilibrio para ella, que estaba luchando por su vida»

«Es el momento en el que más presa me he sentido. No me podía mover del módulo y no tenía forma de saber qué estaba pasando con mi hija»