En tierra de nadie

El cineasta alemán Christian Petzold apostó abiertamente por el riesgo en su anterior filme, “Phoenix” (2014). Un ejercicio fílmico que en su pretensión de sembrar el desconcierto entre los espectadores logró su propósito de dividir al patio de butacas mediante un tono descarnado que vuelve a asomar parcialmente en esta su nueva película. Tomando como referencia una novela firmada por Anna Seghers y que ya fue trasladada a la gran pantalla en el año 91 por René Allio, Petzold vuelve a readecuar a su estilo personal una trama bifurcada en dos sentidos y que tienen como nexo en común el exilio. Por un lado topamos con ciertas reminiscencias de “Casablanca” a la hora de toparnos con un apátrida que tras la ocupación alemana abandona París bajo la identidad de un escritor muerto. En esta oportunidad, esa especie de tierra de nadie que simbolizó con maestría Michael Curtiz en el “Rick’s Cafe Americain” adquiere la fisonomía de Marsella. En este espacio el protagonista aguarda con impaciencia los papeles que le llevarán a México y topará con una mujer que quiere dar con el paradero del hombre al que ama.
Si bien la estructura puede denotar cierto clasicismo a simple vista, lo que el cineasta plantea es una mirada al pasado que nos devuelve al presente ya que combina el éxodo judío con la tragedia actual de los emigrantes que padecen el menosprecio de Europa.
Los mimbres resultan atractivos, pero el resto del conjunto se resiente debido a la distancia que parece tomar el director y que se traduce en una falta de emoción que condiciona el apego que podamos sentir por los personajes y la historia que comparten. En su empeño por querer soprender al espectador mediante artificios a ratos petulantes y otras sorprendentes, el filme acaba por convertirse en un encadenado de artificios cuyo magnetismo inicial se diluye progresivamente debido a su reiteración.

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