SI LE CORTARAN LAS ALAS YA NO SERÍA LIBRE, YA NO SERÍA JAZZ
EL QUINTETO DEL PIANISTA KENNY BARRON, MAESTRO DE UNA FORMA ATEMPORAL DE ENTENDER EL JAZZ, OFRECIÓ UN CONCIERTO SOBERBIO. LA PLAZA DE LA TRINIDAD VIBRÓ CON UN INTENSO Y COMUNICATIVO SALVADOR SOBRAL, GRACIAS A UNA SORPRENDENTE PUESTA EN ESCENA QUE OSCILÓ ENTRE LA DELICADEZA Y LA TEATRALIDAD.

Después de la bacanal que supuso la jornada del viernes –con hasta cuatro soberbios conciertos encadenados–, muchos nos habríamos retirado al rincón de pensar, o a la hamaca de no pensar en absoluto. Así de felices y saciados. En lugar de eso volvimos a por más Cécile a la mañana siguiente, esta vez en el Teatro Victoria Eugenia, para confirmar que cada día puede ser una película diferente cuando se frecuentan las compañías apropiadas. Su repertorio apenas recordó al de la noche anterior, compensando con creces el “esfuerzo” de repetir concierto, y deparó algo más de espacio para que Sullivan Fortner nos ganara definitivamente: ¡Qué pianista, y cómo disfruta de tocar con él la vocalista de Miami! Espontánea y chispeante como de costumbre –y relajada tras haber arrasado en la Plaza de la Trinidad– gozó como una colegiala y se partió literalmente de risa con las ocurrencias musicales del pianista, sin duda uno de los descubrimientos de la semana.
Más tarde llegó el turno en el Kursaal para esa apuesta segura que es siempre el formidable Kenny Barron. Si hace un año tuvimos la suerte de verle en Gasteiz celebrando el centenario de Thelonious Monk a ocho manos –junto a Eric Reed, Cyrus Chestnut y Benny Green, a quien más tarde también mencionaremos—, el sábado destapó el tarro de las esencias en formato de quinteto y con una formación algo distinta a la que ha protagonizado su último disco “Concentric circles”. No le hizo falta ninguna extravagancia para meterse en el bolsillo a los espectadores, le bastó con escoger un repertorio de lo más variado y dejar que el empaque de su grupo hiciera el resto: temas propios y composiciones de Dizzy Gillespie, Wayne Shorter o Caetano Veloso para un afinadísimo Kiyoshi Kitagawa (contrabajo) y un volcánico Jonathan Blake, que impartió una lección superlativa de batería hardbop. Jeremy Pelt (trompeta) y Dayna Stephens (saxo tenor) estuvieron a su vez perfectamente engrasados. Con estos mimbres, al patrón del barco le bastó con permitirse disfrutar, dejando que sus manos volaran por el teclado con la elegancia y la maestría heredadas de clásicos atemporales como Tommy Flanagan. Más que suficiente para desatar una ovación final cálida y rotunda.
Benny Green partía a continuación con varios hándicaps en contra: la Trini no era el espacio idóneo para escuchar a su trío ni aquel era su público, que había tomado su concierto como una agradable amenización con la que esperar a la estrella de la noche. A pesar de escoger a conciencia un setlist muy dinámico donde su swing salió a relucir una vez más –“Minor contention” (Hank Jones), “Lamento” (Duke Pearson) o “Twisted blues” (Wes Montgomery)–, habríamos disfrutado de él más a gusto en una sala de aforo reducido o, puestos a pedir, en un pequeño club o el hall abarrotado de un hotel.
De todas maneras poco importó, las entradas estaban agotadas desde hace semanas y no precisamente para escuchar a Benny Green: íbamos a comprobar en directo si Salvador Sobral era algo más que esa rareza mediática que llevan meses insistiendo en vendernos. Las dudas quedaron resueltas rápidamente: el portugués es un artista joven con recursos de sobra y un dominio del escenario que muchos querrían para sí. Tiene personalidad propia, una voz muy bonita, afina estupendamente y sabe improvisar con los músicos de su cuarteto cuando la canción invita a ello. No olvidemos que tiene una sólida formación jazzística. Todo esto está muy bien y, si logra atemperar su teatralidad, su histrionismo y sus inesperadas –y recurrentes– explosiones de energía interpretativa, estará mejor aún.
Muchos sentimos debilidad por el humor absurdo como antídoto contra el exceso de dramatismo, Sobral también y es un buen síntoma, prueba de que no se toma demasiado en serio a sí mismo. Pero si abusa de ello corre el riesgo de destruir la emotividad y los clímax de su música. En medio de uno de esos momentos de exaltación, el cantante comenzó a gritar «esto es jazz experimental, todo vale». Pero lo cierto es que a veces no vale todo, a veces hay que sacrificar un poco de libertad o de espontaneidad para no arruinar el momento. En ocasiones un brochazo de más puede destruir una obra de arte; saber verlo también es parte de un aprendizaje que aún no ha terminado para él. Ni para ninguno de nosotros. Lo sabía bien Mikel Laboa, del que no se resistió a citar en los bises “Txoria Txori”. Si le cortaran las alas… ya no sería Salvador Sobral.

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