10/08/2018

Reportage
DIEZ AÑOS DE LA GUERRA DE LOS CINCO DÍAS EN EL CÁUCASO SUR
Viaje a las fronteras del sur de Osetia y Abjasia con Georgia

Con la crónica en torno a las fronteras de Georgia, Osetia del Sur y Abjasia, GARA completa el reportaje sobre los diez años de la Guerra de los Cinco Días entre Georgia y Rusia publicado el pasado domingo en «Zazpika» e inaugura una miniserie sobre la actualidad del país caucásico.

Corina TULBURE
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El hijo de Maguli nació justo la noche en la que empezaba la guerra, el 8 de agosto de 2008. Vivía en Tskhinvali, ahora Osetia del Sur, reconocida y apoyada por Rusia como país independiente. La Unión Europea, EEUU y la OTAN rechazan el reconocimiento tanto de Osetia del Sur como de Abjasia, que en la década de los noventa se separó de Georgia tras varios conflictos armados y que fue asimismo reconocida como país independiente por Rusia en el contexto de aquella crisis bélica.

Diez años después del fin de la guerra, Maguli reside en Ergneti, un pueblo dividido por la línea de separación entre Georgia y Osetia del Sur-Rusia. «A las 11:35 cayó una bomba cerca de la maternidad donde había dado a luz, las ventanas se rompieron y cubrí al bebe con una toalla. Bajé al sótano y una enfermera me dijo que si me quedaba allí dentro se me caería el edificio encima. Salté por una ventana esa misma noche. Iba por la calle dándole el pecho al bebe y los que me vieron pensaron que había enloquecido», recuerda. Huyó a Gori y su suegra, que vivía en el área de Tskhinvali y que «escondió a mis otros hijos en las barricas para el vino», consiguió evacuarlos también a Gori. «Uno de mis hijos estuvo sin hablar durante un mes», cuenta.

Mujeres desplazadas

En Ergneti trabaja con otras mujeres desplazadas que han sobrevivido a los traumas del conflicto. «La falta de empleo y el peso sicológico de lo que han vivido es lo que más afecta a las mujeres» comenta I. Kharashvili, que organiza un encuentro entre mujeres desplazadas. Son ellas las que levantan y forman la comunidad, porque los hombres emigran de estos lugares, sobre todo los jóvenes, en busca de trabajo.

Natia, que acude a la misma reunión, cuenta que una parte de su vida, su huerto, familiares y amigos se han quedado en la zona de Tskhinvali y no puede verles. El propio pueblo ha quedado dividido y los huertos y las casas se han separado. Al tener la suya pegada a la línea de separación, no recibe la ayuda financiera que se da a las personas desplazadas, unos 42 lari (menos de 15 euros), y malvive vendiendo sus verduras.

Recuerda Natia su vida antes de 2008 como algo que nunca volverá, aunque sea lo que más anhela: tenía un trabajo y toda la familia estaba unida. «En Tskhinvali funcionaban las empresas de construcción y varios negocios. La gente tenía un trabajo, no estaba el día entero encerrada en casa como está ocurriendo ahora», contesta. Pero para mejorar su producción agrícola debería solicitar un préstamo, algo que muchos georgianos hacen para poder emprender un pequeño negocio familiar, aunque luego no consigan pagarlo por los altos intereses, que pueden superar el 25%.

La línea de separación con Osetia del Sur que Rusia ha ido fortaleciendo con alambradas y bases militares en el lado osetio no puede ser cruzada por los georgianos. La bordean pueblos donde los campesinos luchan por seguir con su vida de antes de la guerra. A pesar de que existen una infraestructura médica, escuelas y guarderías facilitadas por Tbilissi, los vecinos afrontan dificultades para salir adelante dada la falta de trabajo. «Muchos jóvenes de esta zona viven de las jubilaciones de sus padres por la falta de trabajo», aclara Kharashvili.

A media hora de Gori, en uno de los pueblos divididos por esta frontera, se han construido 143 casitas en las que viven personas desplazadas por los conflictos de Osetia y de Abjasia. «Al principio no ha sido fácil para la gente porque venía de regiones diferentes y con un pasado diferente», aclaran desde la ONG. Maia (nombre ficticio), una mujer que accede a hablar con nosotros, vive en una casa inacabada en el campamento. «Trabajo en el campo desde las 5 de la madrugada, mira mis manos. Vendo leche, ajos, cebollas....». Dice recibir 45 lari como ayuda, pero solo las largas horas de jornalera en los campos de la zona le permiten sobrevivir. Tiene 56 años y su hijo, menor de 21, «sigue aquí en el campamento, porque para ir a Tbilissi a estudiar necesitaría una ayuda». Tienen problemas con el saneamiento del agua; tiene gas y electricidad, pero tiene que pagarlos. «No tengo mucha confianza en el futuro –explica–. Los políticos vienen aquí solo en elecciones».

Conflicto congelado con Abjasia

La otra frontera abierta en el territorio georgiano se encuentra en las cercanías del Mar Negro. El río Inguri, un puente y varios puestos de Policía separan al «país del alma», Abjasia, de Georgia. Desde Zugdidi y tras pasar un control de la Policía georgiana, con un visado expedido por parte de las autoridades de Abjasia, en una de las marshrutkas estacionadas y a cambio de 1 lari, se cruza el puente que separa Georgia de Abjasia. Muchos abjasios lo cruzan caminando y arrastrando bolsas de compras.

Nada parecería indicar que estamos ante un puesto fronterizo excepto la fila de coches y las colas de gente esperando a 40 grados bajo el sol. Tras examinar los visados concedidos por Abjasia, en el lado georgiano desean buen viaje. En la marshrutka que conecta los extremos del puente, la gente va cargada. Todo apunta a que gente de las zonas contiguas a la frontera, de la región de Gali, va a Zugdidi y se ejerce una especie de comercio para las personas con pocos recursos. La marshrutka va cargada de bolsas que contienen desde ventiladores a cañas de pescar, pasando por escobas de paja. Tras cuatro horas de colas, preguntas y comprobaciones, unos tres puestos de control de policías armados y varios sellos y visados, uno sabe que ya ha llegado a Abjasia.

Los controles tienen algo ritual y parece que los abjasios están acostumbrados a ello porque nadie protesta en las colas. Ellos pueden ir a Georgia, pero los georgianos tienen problemas para conseguir entrar en Abjasia. Según el Centro para Programas Humanitarios de Sojumi, son habituales los desplazamientos para ir al médico, dado que el sistema sanitario funciona mejor en Tblissi, o para estudiar y buscar mejores oportunidades de trabajo para los jóvenes. «Entre los estudiantes, muchos se van a estudiar o a trabajar a Tbilissi o a Moscú y se quedan allí, no regresan a Abjasia», explica Diana Kerselyan, de la misma organización.

En Sojumi, la ciudad a las orillas del Mar Negro, el contraste con el pasado sobresale a cada paso. Casas destrozadas por la guerra que no se han reconstruido al lado de hoteles de lujo, autobuses de los años ochenta al lado de impetuosos coches de gama alta. «Todo el mundo aquí se conoce, este es un país pequeño y con familias extensas», comenta en ruso el chofer de la marshrutka, que parece el dueño de la carretera y el recadero reconocido de todos los pueblos desde Sojumi a la frontera con Georgia.

Las ruinas del antiguo Palacio Presidencial, bombardeado durante la guerra, están al lado de los nuevos hoteles y restaurantes que bordean el paseo marítimo. La mayoría de turistas son rusos, dado que Rusia ofrecía protección económica y pasaportes a los abjasios, y en las tiendas de joyas asoma algún que otro busto de Putin. «Durante la guerra, todo el mundo se ha visto afectado, cada familia de Abjasia ha tenido a alguien que ha fallecido, alguien herido. Luego han seguido años de depresión por la destrucción y el bloqueo económico», comenta Kerselyan.

Rechazo al otro

Entre los más afectados por este conflicto congelado se cuentan los habitantes de la zona fronteriza con Georgia, los de Gali, que todavía hoy se encuentran en un limbo administrativo. Muchos de ellos han regresado a Abjasia; desde el Centro para Programas Humanitarios comentan que alrededor de 60.000 personas, «pero no pueden tener un pasaporte abjasio, lo que no les da derecho a votar o a comprar propiedades. Según la legislación de Abjasia, para tener el pasaporte deben renunciar al georgiano. A su vez, Georgia no reconoce a Abjasia, por lo cual no pueden solicitar la otra nacionalidad».

Desde Georgia tratan de incentivar las relaciones con los habitantes de Abjasia u Osetia, sobre todo a través del acceso al sistema de salud georgiano o a las universidades. «Es verdad que no existe ningún tipo de discriminación pero, en el caso de las personas desplazadas, existen menos opciones de trabajo. La gente desplazada ha perdido sus habilidades de trabajo. No hay programas para las personas que vengan de las zonas de la frontera con Osetia a estudiar a Tbilissi por ejemplo. Es muy difícil tener acceso a una beca», aclara Kharashvili.

Paradojas georgianas

Con un significativo decrecimiento demográfico y una alta tasa de emigración de los jóvenes a Europa y Estados Unidos, Georgia fomenta su acercamiento a la UE y a la OTAN, aunque los conflictos del pasado siguen sin resolverse. No obstante, a pesar del conflicto entre Georgia y Rusia, en Tbilissi se ven turistas rusos.

«La gente está centrada en los problemas económicos y sociales. Hay muchos inversores rusos que compran terrenos en zonas turísticas para la construcción», explica la compleja situación Tea Galdava, del Centro Cáucaso de Tbilissi. En 2018, según las estadísticas del Instituto Nacional de Georgia, los primeros inversores extranjeros en el país eran Inglaterra, Azerbaiyán y China, sobre todo en las zonas costeras. No obstante, el problema que afrontan muchas familias es la falta de acceso a una vivienda, sobre todo en las ciudades, donde los jóvenes no pueden devolver los préstamos bancarios. «Existen registrados más de 180.000 casos de familias que han sido desahuciadas», explica Marina Khatiashvili, que recoge los casos para presentar posteriormente demandas.

Entre un pasado congelado y las políticas neoliberales que afectan al país, sobre todo en cuanto al acceso a la vivienda y al trabajo, a diez años de la guerra con Rusia, una nueva generación busca una respuesta a sus dificultades económicas y una reconciliación con la herencia del pasado, más allá de los ecos de la Guerra fría.

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60.000 desplazados georgianos han vuelto a Abjasia, pero no les reconocen. Georgia hace lo mismo con osetas y abjasos