O tempo, o mores!
El tiempo, el espacio-tiempo, es relativo, dejó dicho Einstein, pero puede ser vivido, subjetivamente, como absoluto a la newtoniana manera. También puede encarnarse en un bolero de Lucho Gatica, o en un adagio existencialista: «todas las horas hieren y la última mata». El tiempo físico, climatológico, la «sensación térmica» y... el cronómetro fiscalizado por el... reloj.
Y los husos horarios (hoy reactualizados): de invierno o de verano (de ecos precolombinos mesoamericanos, precapitalistas), distinción que fulminó –con su pararrayos, suponemos– B. Franklin y su «el tiempo es oro» (time is gold). El tiempo como «valor» que, en los albores del capitalismo, colisionaría con el dominio y control del tiempo de iglesias y monasterios medievales con sus maitines, vísperas, nonas, etc.
Se ha dicho que la máxima expresión de la civilización reside en que «todo lo que se puede medir se puede dominar». Y lo que no, no. Había que controlar el tiempo ya que no se podía abolirlo (salvo los anacoretas o fakires). El tiempo religioso no servía a una burguesía pujante y nada derrochadora, puritana, austera, calvinista (de ahí sus iglesias luteranas «baratas» sin imágenes). Del trabajo de «sol a sol» campesino se pasó al reloj que lucía –ya en manos del poder civil– en los ayuntamientos. Y en esas estamos, en los tiempos del reloj y el cronómetro, al menos bajo el capitalismo de libre competencia, léase fordismo, toyotismo, o, dicen, el trabajo realizado en –llevado a– casa. También cabe la ilusión de un no-tiempo adimensional y sincategórico. O la adiaforesis indiferente: a mí plin, yo duermo en pikolín. O, aburrido, «matar el tiempo».
Tal vez fue el poeta áureo y culterano cordobés Góngora el primero en escribir poemas al reloj que se iba imponiendo a clépsidras y campanarios. Sobre el reloj de arena: «¿Qué importa, oh Tiempo tirano,/ aquel calabozo estrecho/ que de vidrio te hemos hecho/ para tenerte en la mano,/ si el detenerte es en vano,/ y siempre de ti está ajena,/ cuando más piensa que llena/ nuestra vida, a cuya voz/ huyes cual tiempo veloz, / y sordo, como en la arena?».
Pues eso.

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