La torpeza humana de Mr. Bean en la era tecnológica

Hay personas de la gran y pequeña pantalla que nunca parecen envejecer, y el británico Rowan Atkinson es una de ellas, con su eterno aspecto del patoso pero entrañable Mr. Bean. Su humor tampoco presenta fecha de caducidad, y aunque ya no sorprenda como antaño sigue haciendo reír al gran público, que es lo más difícil y meritorio de este mundo. Por eso, antes que juzgar sesudamente la tercera entrega de su saga paródica “Johnny English” como una película al uso, prefiero reconocer que este hombre me sigue divirtiendo, y que en estos tiempos de caras largas no puedo menos que agradecer que sea capaz de hacerme pasar un buen rato.
Lo importante es que Rowan Atkinson se mantiene en plena forma, y que su comicidad gestual vuelve a funcionar una vez más, ya sea con sus movimientos espasmódicos al bailar, ya sea cada vez que acaba por los suelos, o ya sea cuando en medio de una escena supuestamente romántica pierde la dignidad delante de la chica y se queda con cara de payaso presuntuoso al que nada le saca de su totalmente asumida falta de sentido del ridículo. Luego tiene ese don especial para contagiar la felicidad que siente al ponerse al volante de un flamante y veloz deportivo, y para eso cuenta con todo un Aston Martin rojo chillón.
En función de la torpeza humana que define a este agente secreto del MI7, el guion escrito por William Davies, que recupera de la primera entrega en la que ya colaboró al ayudante y mano derecha del protagonista Bough, hace hincapié en que English es como un pez fuera del agua en el mundo tecnológico actual. Recuérdese que inicialmente sus servicios eran requeridos cuando el resto de espías británicos eran eliminados, y ya en la nueva era su presencia es requerida cuando un ataque cibernético deja al descubierto las identidades de todos sus colegas. Y así, el gag de las gafas de realidad virtual es el mejor.
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