20/10/2019

Chronique
LA ÚLTIMA BATALLA DE LA POLLA RÉCORDS
ELLOS DICEN MIERDA, NOSOTRAS DECIMOS SON LA POLLA

CUARENTA Y PICO CANCIONES, OTROS TANTOS HIMNOS, HISTORIAS DE AYER Y DE HOY, ANTE 14.000 ENTREGADOS FIELES DE UNA RELIGIÓN DE ATEOS, PRIMERO «EL DROGAS», LUEGO EVARISTO Y SU POLLA, PRIMERA ENTREGA EL VIERNES DE UN CONCIERTO SIN CRESTAS NI BIRRAS VOLANDO PERO SÍ GARGANTAS SEDIENTAS DE UNA ÚLTIMA BATALLA.

Joseba VIVANCO
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Con un apoteósico ‘‘Salve’’ ante 14.000 fieles ateos, los de Agurain se lanzaron con la primera de sus 44 o 45 himnos, como para llevar la cuenta, con los que desempolvaron viejas peleas, nuevas batallas.

Recuerdo aquel concierto a los pies de la Catedral Nueva de Gasteiz. A Alejandro “El chileno”, un colega, le dio un tirón muscular en una pierna tanto menearla arriba y abajo. La pierna. Eran los tiempos en que un servidor todavía peinaba rizos de pelo negro azabache y no como ahora, canas albinas en las pelotas, de esas que, como los guisantes, por mucho que los apartes siempre están tocando los cojones. O lo que es peor, calvo de tanto pensar cómo llegar a fin de mes con hijos que mantener, el carro en el garaje y solo once en la quiniela. Eran fiestas de La Blanca y nuestro campamento base estaba en Argantzun, a la vega del río. Hoy, a la chavalería la montan en el Jaibus de la Vital Kutxa hasta la capital gasteiztarra y la devuelven sana y salva a casa como a la Cenicienta la calabaza.

El viernes a la noche, la mayoría de los presentes seguro que arribó al BEC en metro; quién sabe si dentro de unos años, cuando Evaristo Páramos en lugar de sus memorias escriba su epitafio, la gente viaje en Tren de Alta Velocidad para asistir al enésimo encuentro del reencuentro de aquella banda de patateros punkarras de Agurain, que se arrancó hace hoy 40 años con cinco letras, seis canciones, media hora de alegato musical, y mil personas de las que 980 iban a reírse de aquellos locos y sus locos instrumentos, y los otros 20 eran “la basquilla” que iba a hacer bulto. Unos tíos que no sabían tocar, que hacían lo que les daba la gana y que gastaban muy mala hostia, Evaristo dixit. No pudieron ser los Clash, ni tampoco los Sex Pistols, pero pa qué iban a llorar si total les daba lo mismo. Cantar, mamarse y empujar. La polla, oigan.

Ahí se arrancó “El Drogas”, puntual, con «dale acción» y un «a por ellos» de rabiosa actualidad. La pista, tres cuartos; las gradas, ni eso. Enrique Villarreal, hecho un gentleman madurito, que para nada jubileta, se iba a ganar a la peña con cada canción, cada lección. Con cada letra.

Un nítido «Aupa Altsasu!» acompañó su grito de que «este Estado policial tiene que acabar». Y entre una cosa y otra, alguna senyera y algún «euskal presoak Euskal Herrira», al “Drogas” le quedó tiempo para proponer «montar una fábrica de farolas», y es que «todo es pensar en alto». Petó el BEC con «es el juego del gato y el ratón», rozando la hora de concierto lo puso en pie con ‘‘No hay tregua’’, ‘‘Todos mirando’’, se acordó de Catalunya y «su lucha» después de un arrollador ‘‘Azulejos fríos’’ y se despidió con un interminable ‘‘En Blanco y Negro’’ con el que ya nadie se quería sentar ni volver a su sitio. “El Drogas”, siempre oveja negra.

A La Polla se la habían puesto como a Amancio. Estaban muertos y se han levantado. Una última batalla esperando. En un BEC intergeneracional hasta las cartolas. Ellos decían mierda, nosotras amén. Y allí pasaron lista, a punkis de postal, podemitas, batasunis, gente del bien y del mal…

Nuestra alegre juventud...

Ni una cresta, oigan. Sobre el escenario, Evaristo, Sumé, Abel, Txiki y Tripi. Abajo, los nostálgicos del bien o mal llamado Rock Radical Vasco, envejeciendo pero resistiéndose a hacerse mayores; entremezclados, los que fueron últimos estertores de aquella sociedad vasca de pelotas de goma, goras a ETA, campeonatos ligueros, jeringas, birras e inundaciones, que se resisten a dejar de resistir; y los hijos de los primeros, que se resisten a ser los últimos, los peores, las sobras de esta civilización.

A mi hijo el mediano se la suda La Polla, prefiere a Sergio Ramos; el mayor asistió al concierto de ayer, y yo digo amén. ¡Qué más se puede pedir! Nuestra alegre juventud. Pero a los dos se les quiere por igual. Como a todas las canciones y letras de La Polla, como a La Polla y Barricada, como a Evaristo y a Enrique “El Drogas”, el invitado a cenar anoche. Pactaron con el diablo, porque Dios, y menos la Virgen, nunca los absolverá. Salve.

Quemar cruces no es patrimonio de La Polla Récords, por mucho que «a cuenta de prometer el reino de los cielos, algunos vivillos lo que están haciendo es su propio cielo particular en la Tierra». Ni siquiera lo era del Ku Klux Klan. El origen se remonta a una tradición escocesa que servía para convocar a los clanes de la cima de las colinas, aunque la cruz en realidad fuera en forma de X, de San Andrés, y no la romana vertical. Pero con una cruz envuelta en llamas, y abajo manos en alto, vasos de cerveza, gargantas húmedas y letras mil y una vez repetidas pero no por ello erosionadas, se arrancó la banda aguraindarra en esta, confiesan, su última batalla.

Con un apoteósico ‘‘Salve’’ ante 14.000 fieles ateos, los de Agurain se lanzaron con la primera de sus 44 o 45 himnos, como para llevar la cuenta, con los que desempolvaron viejas peleas, nuevas batallas. Y es que, como recordaba una viñeta de ‘‘El Jueves’’, llevamos toda la vida igual, vivimos en una canción de la Polla Records. «Hola, muy buenas» saludó Evaristo, calado con su camiseta celtiña, arrugado, lascivo, justo después de que dos cruces virtuales ardieran en el infierno sobre el escenario mientras la imagen era grabada por decenas, cientos de móviles… te rascas las pelotas y lo graba algún idiota… Salve regina, mientras se la menea, mater misericordia… Sí, cualquier tiempo pasado quizá fue mejor… Cua, cua, cua… Heineken sin alcohol, yo me bajo en la próxima...

Sin tregua, LPR, abreviatura que queda muy mona, se metieron de cabeza en un irrefrenable concierto  que se llevó por delante el BEC, sin segundos para asimilar, canción tras canción, apoteósica ‘‘Chica yeyé’’, ‘‘Come mierda’’, ‘‘Vuestra maldición’’… unos enanitos que van al bosque a trabajar… Vuela alguna birra, brazos arriba, letras que fluyen como si fuera ayer… Como ese congreso de ratones… Txus, descanse en paz, puso patas arriba las miles de gargantas, oh, oh, oh… Primer parón para hidratarse de nuevo, cebada y lúpulo… Txus no bebas tanto…

Agurain, Altsasu

Trago rápido, recuerdo para los que no están; superada la hora, la gente termina de rendirse a sus pies con ‘‘Ellos dicen mierda’’ con el que el pabellón se hace uno solo. Lo de ‘‘No somos nada’’ ya fue... levitar. Un tsunami. Hay vida, hay esperanza. Siguen ahí, aquí, y nunca los matarán. «Altsasukoak askatu!», se arrancaron muchos aprovechando otro paroncillo, que la edad y el ritmo no perdonan. Mecagüen dios... Carne para la picadora para que no se relaje ni el Tato. A Evaristo no le flojeó la voz, ni el arranque, que esto tocaba a su fin, con todos los fascistas cara al culo, y la peña disfrutando cada letra, cada nota... Cara al culo, cara al culo... Toda la puta vida igual... LPR no se deja nada en el tintero.

«Altsasukoak askatu!», esta vez el grito fue casi unánime mientras arriba en el escenario volvían a tomar aire a falta de las últimas canciones. Dos horas justitas de vuelta al pasado, de mirar al presente. Ni siquiera Johny el bastardo se lo quiso perder. Y odiando a los partidos despidieron este frenesí, cagándose en el de allá arriba, el personal pidiendo más, pero hasta ahí quisieron cantar. Mutis. Frío hasta siempre, hasta luego, quién sabe... Ni descanso, ni paz.