Debussy por la revelación islandesa del piano

El pasado miércoles, Clemens Trautmann, presidente de Deutsche Grammophon, revelaba en una conferencia online cómo un perfecto desconocido como Víkingur Ólafsson había sido fichado por el gran sello amarillo, la casa discográfica de Herbert von Karajan, Gustavo Dudamel, Yuja Wang y tantas otras estrellas. «Ólafsson no se presentaba a concursos ni seguía los cauces tradicionales de otros músicos», explicó Trautmann, «pero en 2016 nos llegó una información interna de que en Islandia había un joven pianista extraordinario. Le invitamos a tocar un día en nuestra sede de Berlín y, nada más terminar, le ofrecimos grabar un disco».
Y fue un disco peculiar, ya que Ólafsson no escogió a Chopin, Liszt u otro gran gurú del piano para presentarse ante el mundo, sino al minimalista Philip Glass. La extraña propuesta, sin embargo, llamó la atención del público desde el minuto uno, y su segundo disco, en el que interpretaba a Johann Sebastian Bach con una lucidez poco común –el “New York Times” llegó a bautizarlo como el “Glenn Gould islandés”– terminó por consagrarle como un pianista de culto a pesar de su juventud.
En su último CD, vuelve a dar un giro a su repertorio para establecer una conexión entre dos compositores franceses: Claude Debussy y Jean-Philippe Rameau. De igual manera que Ravel dedicó una obra “a la tumba de Couperin”, la influencia del “pintor de sonidos” barroco Rameau sobre el “impresionista” Debussy fue notable, y Ólafsson la pone de manifiesto en un recorrido por 27 piezas breves de ambos autores, que se alternan e iluminan las unas a las otras.

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