Oscuras
Volvieron, oscuras y chillonas, las golondrinas. Han recorrido más de cinco mil kilómetros desde África y ya están anidando en los recovecos de los edificios más historiados, algunos frondosos parques o exhibiéndose en los cables que atraviesan campos en plena evolución transformadora de sus entrañas para pasar de ser un horizonte a una plasticidad que representa a la vida. El poeta lo avisó, el político no se enteró y entre todos, a base de pesticidas, obras inmobiliarias desordenadas y otros símbolos de un desarrollismo agónico, acotamos el espacio y la vida a las golondrinas que acostumbran a indicarnos que se puede ir contabilizando la ropa de verano que tenemos entre alcanfor y que todavía nos cabe.
Con las golondrinas haciendo cabriolas, en un espectáculo acotado para los que saben descifrar los misterios de la vida fuera del complejo contexto de lo urbanita y sus adendas testimoniales en forma de colonias y estructuras de chalets adosados que convierten el mapa en una intrincada ceremonia de busca y captura de la dirección adecuada hacia el señuelo de una calidad de vida hipotecada, la política de eslóganes y cartelitos publicitarios se reduce en ciertos momentos del día a tipos de interés, aplicaciones de escucha y cuenta obscena de muertos y misiles ajenos.
La barbacoa, la barbacoa, cómo me gusta la barbacoa. Un himno, un objetivo, un signo, una sustitución de valores intercambiables. ¿Para cuándo un acto constitucional del concepto de calidad de vida con carácter universal? Nunca. No existe, la vida es siempre la vida, en lo rural o lo urbano, en tierra de secano o costera. La calidad es una construcción publicitaria interesada que parte de fundamentos políticos conservadores, racistas y clasistas. La calidad de vida a base de ansiolíticos es una contradicción.

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