Corro
Hubo un tiempo en que las canciones formaron parte de nuestra vida. Las canciones que cantaba la gente que nos rodeaba y nos quería, no las reproducidas mecánicamente. Las canciones vivas y que nos procuraban vida. La poesía estaba en las nanas con que nos arrullaron amorosamente; en las canciones que amatxu cantaba mientras limpiaba la casa o pelaba las patatas; en las canciones que en ocasiones entonaba papá en las sobremesas, y que aprendimos entusiastas. Hasta en el cole teníamos una hora llamada “Canto”. Y también estaban aquellas que cantábamos en nuestros juegos en la calle, canciones y retahílas para contar a ver quién se quedaba, o aquellas con que daban comienzo o articulaban algunos de aquellos juegos callejeros.
Y las canciones de corro. Con nuestras manos asidas fuertemente a y por otras manos, y nuestros pies girando al unísono, y nuestras respiraciones hechas una, casi, casi escuchábamos el pálpito de un solo corazón. Y el canto de corro nos convertía en ritmo y en pura alegría, y la música y el cielo azul giraban y nos envolvían.
De aquel prodigioso repertorio formaba parte una versión de “El romance del conde Arnaldos”, en que un enigmático marinero atrae a las aves y a los peces con su canto; el conde le pide fascinado que le enseñe la fórmula mágica, y entonces el marinero le responde eso de “Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va”.

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