No sin mi mascota
Fragmento a fragmento, la realidad que nos sirven los medios de incomunicación nos convierte en coleccionistas de miniaturas aumentadas por una lupa con muchos filtros de colores que representan los diversos intereses que intervienen en cualquier acto público o privado convertido en material de cambio. Si nos ofrecen las hogueras que hacen los últimos miembros de una legendaria familia de cultivadores de naranjos porque es imposible la rentabilidad que, según nos cuentan los tataranietos de quienes empezaron esa actividad, les pagan el kilo a menos de la mitad de lo que les cuesta cultivarlos. El acto radical de quemar todos los naranjos se nos presenta como una manera de romper con la cadena. ¿De dónde vienen y quiénes cultivan, transportan y comercializan las naranjas?
El punto crucial es la reclamación de un preso que solicita tener un vis a vis con su mascota. Se ve en nuestras calle, en la casa de nuestras amistades y familiares, sobre todo lo urbanitas, que establecen unas relaciones muy especiales con sus mascotas. En nuestros barrios crecen las clínicas veterinarias, en los supermercados el espacio dedicado a asuntos relacionados con las mascotas crece de manera inusitada. Si hay que proteger a los animales por ley, ¿por qué no se incorpora el compromiso legal entre humanos y sus mascotas? Es normal viajar en transportes públicos con personas acompañadas de su mascota, por lo tanto, la petición del preso entra dentro de la lógica y hay que confiar en que se le permita.
¿Será considerado en breve como un derecho animal o humano?

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