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Clement Janequin y Olivier Messiaen son dos compositores franceses bien diferentes pero con algo en común. Janequin (1485-1558) es un renacentista poco conocido tal vez por el carácter juguetón de sus obras corales, en las que los cantantes imitan sonidos naturales y humanos. En “Le chant des oiseaux” remedan el de los pájaros y en “La guerre” imitan los sonidos de la batalla: cañones, gritos de heridos... Olivier Messiaen (1908-1992) fue un compositor fascinado por los cantos de los pájaros, hasta el punto de convertirse en un consumado ornitólogo; en sus timbres, sus tonos, sus armonías, sus disonancias, sus ritmos basó muchas de sus composiciones.
Y una de sus más reconocidas obras tiene que ver con la guerra: el “Cuarteto para el fin de los tiempos”, compuesto en el campo nazi de Gorlitz, donde estaba recluido, en 1941, y escrita para clarinete, violín, chelo y piano porque eran los instrumentistas que halló allí recluidos.Se estrenó en el exterior embarrado del campo y los oyentes fueron los 400 reclusos y los soldados que los custodiaban. «Nunca fui escuchado con tan profunda atención y comprensión», escribió Messiaen. Las obras del polaco Kryzstof Penderecki (1933-2020) suelen ser texturas sin predominio de la melodía, la armonía o el ritmo, y en las que difumina los límites entre sonido y ruido; un estremecedor ejemplo, también con los horrores de la guerra como motivo, es su “Lamento para las víctimas de Hiroshima”.

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