Mía es la venganza

Desde su primera secuencia, “Nina” nos guía a través de un auténtico torbellino de emociones de la mano de una implacable interpretación de Patricia López Arnaiz, quien encarna a una mujer armada con una escopeta en una noche hostil de lluvia y barro, apuntando hacia una casa cuyo objetivo no llegamos a distinguir. Buscando refugio en un hotel, descubrimos que ella ha regresado a su pueblo natal después de mucho tiempo, llevando consigo dolor, furia y trauma. Este filme, basado en una pieza teatral de José Ramón Fernández y que, a su vez, se basó en partes de “La gaviota” de Anton Chéjov, se transforma en una empoderada película de venganza con tintes de western y una intensa carga psicológica.
Nina se convierte en un animal herido impulsado por la sed de justicia, evocando a figuras icónicas del cine como Joan Crawford en “Johnny Guitar” y Jennifer Jones en “Duelo al sol”. La modernidad de Nina se revela en su negativa a aceptar el pasado machista y la apatía social, buscando justicia con la determinación de una vengadora furiosa y letal.
La influencia del cine atraviesa toda la narrativa, con ecos de Hitchcock, Almodóvar e incluso Scorsese. Este vertiginoso drama, contado en dos tiempos -el presente y la adolescencia de la protagonista-, se caracteriza por un montaje enérgico que refleja el malestar del personaje central y muestra cómo los traumas del pasado resurgen en las calles donde ocurrieron los actos despreciables que la marcaron para siempre. “Nina” es un poderoso tour de force cinematográfico, teñido de rojo y visualmente impactante, que invita al espectador a adentrarse en un laberinto de emociones y revelaciones que no dejan a nadie indiferente. En este sentido, hay que subrayar también el rol asumido por Darío Grandinetti.

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