Sobredosis de golpes, sangre y acción

No es una película, es un videojuego”, pensaba constantemente durante el visionado de “Kill Boy”; en cuanto el personaje de Bill Skarsgård entra en acción me imaginaba a mí mismo con un mando de una consola dirigiendo al personaje. Desde el segundo uno conocemos los códigos por dónde se va a mover la cinta: acción, violencia indiscriminada, sangre, humor y artes marciales. El caos reina -en todos los sentidos- durante los 115 minutos, y el director Moritz Mohr hace básicamente lo que le da la gana. Con una estética y narrativa más propia de un videojuego arcade -pensaba en “Mortal Kombat”-, el guion de Arend Remmers, Tyler Burton Smith y Moritz Mohr nos sumerge en una odisea ultraviolenta que tiene como referencia más directa a las cintas de Tarantino.
Pero el Tarantino más obvio y más simple por supuesto. Aquí no hay matices, no hay diálogos afilados que dan lugar a segundas lecturas; lo que hay es exactamente lo que he mencionado, una sobredosis -excesiva- de golpes, ciertos elementos del anime japonés, humor negro, un baño de sangre y acción.
El hecho de que el protagonista sea sordomudo aporta cierta profundidad al personaje, en ese aspecto me ha enganchado un poco, pero sinceramente, la voz en off que acompaña a Boy durante toda la película me ha parecido a ratos insoportable. Absolutamente todo está dicho por la palabra y el guion es tremendamente endeble. Hace 20 años, posiblemente, me hubiese fascinado esta película; la he disfrutado y me he reído, tiene secuencias muy salvajes y está rodada con cierta frescura, pero debajo de esa superficie repleta de fuegos artificiales y parafernalia no hay prácticamente nada.

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