Sobrecarga de adjetivos
Llovió. Diluvió. Nada se interrumpió. La ceremonia fluvial de inauguración de los JJOO de París forma parte de la Historia. La apuesta de sacar del recinto de un estadio este desfile se puede considerar como un gran acierto. Lo que sucedió, lo que se vio, el ritmo, las atracciones y actuaciones, provocó, como en casi todas las tras ocasiones, una sobrecarga de adjetivos contradictorios, es decir, la habitual crispación entre quienes defienden una tradición desencajada de la cronología y quienes consideran que todo lo narrado fuera de la convención forma parte de lo óptimo, de lo necesario, de lo que se empaqueta como moderno. Todo ello sin entrar directamente en la ideología.
Se usaron nada menos que cien cámaras, lo que significa la coordinación desde realización de un macrosistema que técnicamente en un desafío, asunto que ayuda al uso de nuevos inventos y programas y que es la tónica habitual de estos acontecimientos. Una ceremonia cargada de mensajes, fruto de una concepción del mundo, tendente a detacar los logros de la cultura francesa, pero muy pendiente de una manera evidente en plasmar temáticas actuales de vindicaciones de género, sociales y libertades.
Chocante fue comprobar que el abanderado de Israel, bandera que probablemente se debió impedir que desfilara, aparece en fotos firmando bombas que se lanzan sobre población civil en Gaza. Quizás lo más emotivo fuera el colofón con la sentida actuación de Céline Dion tras varios años apartada debido a una enfermedad, acompañada de un piano, en un escenario de la Torre Eiffel un himno de Edith Piaf.
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