Ion T. BARRENA
1984

Marchas solidarias frente al laboratorio represivo de Herrera

En la imagen de la izquierda, barrera policial en la última marcha a Herrera de 1992. En la de la derecha, primera marcha en 1984.
En la imagen de la izquierda, barrera policial en la última marcha a Herrera de 1992. En la de la derecha, primera marcha en 1984. (Andoni CANELLADA | FOKU / EGIN)

La marcha del 29 de diciembre de 1984 a la cárcel de Herrera de la Mancha marcó el inicio de una dinámica sin parangón. Durante casi una década, miles de ciudadanos acudieron a la prisión manchega a mostrar su solidaridad con los presos políticos.

Herrera fue la punta de lanza del régimen represivo postfranquista: «(…) Funcionó como la cárcel de guardia del sistema. Si te portabas mal en la calle, ibas a la cárcel. Si te portabas mal en la prisión, ibas a Herrera», (“Herrera de la Mancha, prisión de castigo”, Eduardo Parra, Pamiela, 2020). Fue inaugurada en 1979, con el traslado de los presos sociales de la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL). Les siguieron los del GRAPO y el PCE (r), y más tarde concentró a los presos vinculados a ETA.

Herrera era una cárcel dentro de otra: limitación a cinco libros en la celda, un día de agua caliente a la semana, vis a vis prohibidos, cartas restringidas a dos hojas por semana… En septiembre del 84, el entonces secretario general de HASI, Txomin Ziluaga, denunciaba en “Egin” que los presos de Herrera estaban «peor que en las cárceles franquistas»: «A pesar de que los directores de las cárceles se reconocían a sí mismos como fascistas, no había censuras, ni hacían desnudar, ni limitaban la alimentación… Las prisiones se han vuelto más represivas con el PSOE que con Franco». Herrera era un laboratorio represivo y lo testado allí de manera excepcional se convirtió en regla con la creación del FIES (Fichero de Internos de Especial Seguimiento), en 1989. En el Estado francés se aplicó una regulación similar, bajo la denominación DPS (Détenu Particulièrement Signalé).

CÁRCEL DE LA MUERTE

La prisión manchega se cobró la vida de hasta cuatro presos vascos. Joseba Asensio “Kirruli” fue hallado muerto el 8 de junio de 1986. La causa médica fue tuberculosis, pero el informe forense destacó la desasistencia como elemento desencadenante, «al no habérsele detectado la enfermedad por falta de medios adecuados, no se adoptaron las medidas oportunas...». Mikel Lopetegi se ahorcó en su celda en marzo de 1988, sus allegados llevaban cuatro años alertando de sus problemas síquicos. Cuatro meses después falleció Juan Carlos Alberdi. Tampoco se le había diagnosticado ninguna enfermedad, pero con apenas 30 años le sobrevino un edema pulmonar fatal.

Fueron tres casos de una necrología que se inauguró casi al tiempo que abría sus puertas el penal. En 1981, el vizcaíno militante de los GRAPO Kepa Crespo llevó hasta el final una huelga de hambre para denunciar el aislamiento y las palizas constantes a las que eran sometidos.

Los presos del GRAPO y el PCE (r) fueron trasladados tras la muerte de Kepa Crespo; los de ETA los relevaron, pero las condiciones de la prisión seguían siendo extremas y los presos políticos vascos comenzaron una dinámica de desobediencia total que transcurrió entre febrero y diciembre de 1984. Las primeras marchas de solidaridad se organizan para apoyar esa dinámica. Unas trescientas personas llegadas desde Euskal Herria se concentraron frente al centro penitenciario el 7 de enero de 1984; un millar de personas volvió al penal manchego el 16 de junio, y fueron unas 3.000 el 22 de septiembre. El 29 de diciembre se organizó la primera marcha de carácter nacional: «Esta marcha es un acto de solidaridad del pueblo vasco para con los presos. Herrera sigue siendo una cárcel de exterminio» (Gestoras pro Amnistía, 29/12/1984).

El bertsolari Xabier Amuriza fue uno de los artistas que participó en las primeras marchas a Herrera: «Veíamos aquella amplia meseta solo interrumpida por lo inmenso de la prisión y mi preocupación principal era que nos escucharan desde dentro» (Info7 Irratia, 19/02/2016).

«¡YA LES QUIEREN A USTEDES… EH!»

Y sí, se les escuchaba. Xabier Izaga, preso desde 1981 al 2002, llegó a Herrera de la Mancha procedente de Puerto de Santamaría en la primera remesa de los militantes de ETA. Recuerda con emoción las marchas frente a la cárcel: «Ese día no había visita y desde la mañana estabas esperando, y decías ‘ya se oyen cohetes, ya se oyen gritos’… y era muy emocionante, desde las celdas que daban al descampado se sacaban pancartas e ikurriñas…» (Info7 Irratia, 18/05/2017)

Izaga relató en Info7 Irratia la inmensa fuerza que transmitía ese apoyo popular, que la sentían incluso quienes la pretendían obviar: «El día de mi cumpleaños pasó el carcelero que repartía las cartas. Yo tenía un montón de telegramas, y empieza: ‘Izaga, Izaga…’, me da algunas cartas, los telegramas y me mira serio y me dice: ‘¡Ya les quieren a ustedes, eh!»

En 1986, ya eran 6.000 las personas que participaron en la marcha a Herrera. Juan Mari Olano vivió las primeras marchas desde prisión y, posteriormente, como organizador y portavoz de las Gestoras Pro Amnistía: «Yo creo que les dábamos miedo. Tanta gente allí, con las manos vacías, pero con el fuego y el amor que teníamos en los ojos, y trataron de meternos miedo… » (Info7 Irratia, 19/02/2016)

La del 86 sería la última peregrinación solidaria que llegaría hasta los aledaños de la prisión. Al año siguiente, familiares de funcionarios y guardias civiles convocaron una manifestación frente a la cárcel para evitar la llegada de la marcha por los presos. Fue el argumento esgrimido por el Gobernador Civil de la provincia para prohibir la iniciativa vasca. Esto no fue óbice para que cerca de 8.000 personas acudieran a la llamada; la concentración se realizó a 6 kilómetros de la prisión.

Los obstáculos policiales fueron una constante. Había autobuses que superaban hasta siete controles en su periplo a tierras manchegas. A partir del 87, una barrera policial infranqueable evitó que las decenas de autobuses llegaran a su destino. Sin embargo, la afluencia creció. En 1988 ya eran 10.000. El acto volvió a realizarse a varios kilómetros de la cárcel. A la vuelta, los autobuses colapsaron la M30 y la regaron con octavillas con lemas a favor de los presos.

La Policía no fue el único obstáculo que tuvo que superar aquella dinámica solidaria. En 1988, varios autobuses fueron apedreados a su paso por localidades madrileñas y un año después ocurrió lo mismo frente al estadio Santiago Bernabeu. Pero la cifra de participantes seguía creciendo; en 1989 acudieron 200 autobuses, según la propia Guardia Civil, y hubo cerca de 12.000 personas. En 1990 acudieron 215 autobuses. Además, ese año la cita fue doble, ya que se organizó una marcha paralela a las prisiones parisinas de Fleury, Fresnes y La Santé.

NEGU GORRIAK Y LA ÚLTIMA

. Las marchas se convirtieron en una cita ineludible. «Antes de verano la gente ya empezaba a preguntarnos: ‘¿qué, este año cuándo vamos?’» (Juan Mari Olano en Info7 Irratia). Las actuaciones culturales también iban in crescendo, y Negu Gorriak eligió la del 90 para presentarse en público; la nueva banda, luego mítica, de Fermin Muguruza se estrenó en la árida explanada manchega. La última marcha a Herrera se celebró en 1992.

En 1987, el Gobierno español había comenzado a aplicar la política de dispersión, que se instauraría de manera generalizada a partir de 1989. Herrera dejó de ser «la cárcel» para convertirse un punto más en el mapa de la dispersión.

Herrera sirvió de modelo para dar el último empujón al fin de la política de excepción aplicada a los presos. Hubo marchas en 2016 y otras en la primavera de 2017, tras el desarme de ETA. En diciembre de ese año, una marcha a París puso el colofón a esta iniciativa. Tras pasar por las prisiones de la capital francesa, más de 10.000 personas se manifestaron por las calles de la “Ciudad de la luz” con el lema “Ahora los presos”. Era el principio del fin de la dispersión.