La carrera fuera, el corazón en casa y el reto en un equipo asomado al abismo

Beñat San José parece un tipo normal. Un entrenador del siglo XXI que presta atención a la comunicación; la verbal, con un discurso fluido, y la no verbal, con un aspecto pulcro que podría hacerle pasar por un profesional de cualquier otro campo.
Pero San José (Donostia, 1979) es un entrenador atípico. Después de que las lesiones le apartaran del campo y pese a haberse convertido en un jugador destacado de fútbol-playa, optó por el banquillo. Hasta ahí todo normal, incluyendo sus primeros pasos en Zubieta, donde entrenó cuatro años. Incluso su marcha a Arabía Saudí en 2012 ha tenido precedentes cercanos en las experiencias exóticas de Roberto Olabe o Xabier Azkargorta entre otros muchos.
La cosa cambia a partir de ahí porque el técnico donostiarra hizo las maletas con 33 años y no las ha deshecho hasta los 45. Arabia Saudí, Chile, Bolivia, Emiratos, Bélgica, México... Seis países, nueve equipos y un sinfín de experiencias que le han hecho «crecer como persona y como profesional» y que le han enseñado a «adaptarme pronto a los nuevos entornos y jugadores».
Le resultará imprescindible si quiere solventar con éxito el reto mayúsculo que afronta en el Eibar, que comenzó la temporada con la ilusión de volver a pelear por el ascenso aun sabiéndose inferior al de los años anteriores pero que, con la primavera llamando a la puerta, se asoma al abismo. Por eso Joseba Etxeberria no se sentará ya en el banquillo de Ipurua, que ahora llevará el nombre de San José.
Posiblemente no eran las formas con las que había soñado el donostiarra. Pero sí el fondo. Porque, atípico también en eso, echa cuentas y, aunque de niño frecuentaba Atotxa con su abuelo, cree que en los últimos años ha visitado menos Anoeta que Ipurua. Allí se siente en casa. Por su familia eibarresa, porque en su día probó como jugador en las categorías inferiores y porque Iban Fagoaga, que le acompaña como segundo entrenador desde hace algo más de un año, le ha pegado parte del sentimiento que acumuló en sus casi dos décadas en el Eibar como jugador primero y técnico en la cantera después.
«Como guipuzcoano -aseguraba ayer en su presentación oficial- es un honor muy grande ser entrenador del Eibar», un club por el que «tengo una gran admiración por cómo ha progresado, cómo se ha hecho como club en el éxito, los grandes valores que ha tenido, la idea y la filosofía. Me siento muy identificado». Bonitas palabras, estas ya más usuales en un recién llegado.
FUSIÓN
También lo son las buenas intenciones, en el caso de los técnicos referidas al juego. Aunque San José tiene claro que en este reto no le sobra el tiempo y el margen de error es reducido, con lo que lo urgente va por delante de lo importante y el sábado, en su debut en el banquillo armero frente al Racing, solo se marca dos metas: «Que la afición se sienta muy orgullosa del equipo, de su entrega y actitud, y que ganemos».
Más adelante, quizá ya la temporada próxima -ha firmado hasta 2026 y será buena señal que complete su contrato-, confía en ver a «su» Eibar. Un equipo al que se le notará la atípica trayectoria de su entrenador porque, explica, su juego ha ganado «en verticalidad» conforme ha ido adquiriendo experiencia en el extranjero.
Devoto de Johan Cruyff, en una conversación reciente con Marc Crosas apuntaba a otros espejos más cercanos en los que mirarse: los técnicos guipuzcoanos que triunfan ahora mismo en grandes clubes y que con el fútbol «nuestro de trabajo, constancia, aguerrido, perseverancia, hacer que los grupos estén unidos y vayan a una» en los genes y la apertura «de mente» que llegó de la mano del genio holandés, se han convertido en «entrenadores de ese calibre, de alto nivel creativo y táctico pero muy firmes en su metodología, pensamiento y quehacer».

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