Ramón SOLA
JORNADAS «TURISMOA (K) BIRPENTSATZEN» EN DONOSTIA

otras políticas y decrecimiento frente al «overtourism»

El abuso del turismo en Donostia no solo encarece la vivienda o la hostelería, también sustrae la propiedad del territorio o daña la identidad propia. Así lo han constatado tres expertos reunidos por EH Bildu. Ven alcanzado o muy cerca el «overtourism» y abogan por otras políticas y/o decrecimiento.

Un momento de la mesa redonda desarrollada ayer en el marco de las jornadas sobre turismo.
Un momento de la mesa redonda desarrollada ayer en el marco de las jornadas sobre turismo. (Jon URBE | FOKU)

Aurkene Alzua, catedrática de la Universidad de Deusto y doctora en Turismo Internacional; Xavi Minguez, profesor de Psicología Social en la UPV-EHU; y Nekane Alzelai, profesora de Turismo en Zubiri-Manteo, abordaron la cuestión de la sostenibilidad de este tema en Donostia dentro de las jornadas ‘‘Turismoa(k) birpentsatzen’’, organizadas por EH Bildu desde el lunes hasta ayer. Los tres expertos mostraron notables coincidencias sobre la superación de la «capacidad de carga» posible en la ciudad y también sobre las afecciones a la identidad y la cultura locales que acarrea. Tras el diagnóstico llegaron las recetas.

Markel Ormazabal, concejal de EH Bildu que ejerció como moderador, preguntó primero a los contertulios si cabe hablar de un turismo sostenible y si está superada la «capacidad de carga» en Donostia. Respecto a la sostenibilidad, Alzua fue clara: «No existe un turismo que sea sostenible per se, automáticamente; se debe construir, es una construcción política y social. Quizás nunca puede ser sostenible pero hay que conseguir al menos que sea viable».

Xavi Minguez ligó la cuestión con el modelo económico imperante, que «exige un crecimiento económico continuo. Y dentro de él hay un modelo turístico que también lo exige. ¿Puede ser entonces sostenible?», se preguntó de modo retórico. Abogó desde su primera intervención por un «decrecimiento», al igual que ocurre en materia energética por el agotamiento de los recursos.

Este profesor de la UPV-EHU, catalán afincado en Euskal Herria, consideró evidente que Donostia sufre una situación de overtourism, algo que se produce cuando se supera esa «capacidad de carga». Los indicadores ciudadanos así lo constatan. Los midió en un estudio cuyos datos son muy concluyentes. Ahí van algunos: «El 80% de las 600 personas sondeadas dijo que el número de turistas era excesivo. El 85% está preocupada o muy preocupadas por el turismo. El 66% afirmó que la calidad de vida no mejora con el turismo. El 80% cree que el turismo se promociona por encima de otras necesidades ciudadanas. El 80% dice que los problemas que genera son muy preocupantes. Solo el 12% muestra esperanza, al 9% le genera alegría…, pero son muchas más las que sienten amenaza, frustración, temor…».

«Lo que pasa es que esta actitud no se refleja siempre en el comportamiento», matizó. En cualquier caso, Minguez advierte una aparición de protesta ciudadana que le lleva a certificar que «se ha superado el overtourism». Como señal, «antes los sindicatos o los colectivos que cuidan el patrimonio cultural no hablaban del turismo, pero ahora sí».

Similar fue la conclusión de Nekane Alzelai, aunque no cree que el turismo en Donostia haya llegado a la fase de «decadencia» definida en los estudios clásicos sobre la evolución turística, sino que sigue en la de «consolidación». «Pero sí, hay masificación y es cada vez mayor», apuntó. Como dato, indicó que el volumen de «excursionistas» ha crecido un 50% en estos últimos años. Le añadió que, pese al afán de aumentar la estacionalidad, el número de turistas sigue creciendo en julio y agosto. Y que su estancia en Donostia respecto a otros puntos de visita es mayor, por lo que tampoco se está logrando «atomizar» esos ciclos de viaje.

El impacto cuantitativo quedó patente en la mesa redonda, pero por encima de ello Aurkene Alzua remarcó que no basta con referirse a la capacidad de carga sino que hay que ponerla «en relación con la identidad local: los sentimientos de las personas residentes, la cultura local, el idioma, las relaciones sociales… El turismo consume el espacio y el espacio es también lo simbólico, es la identidad, son las costumbres…».

La profesora de la Universidad de Deusto volvió luego al plano «físico» para introducir otra realidad que puede estar pasando desapercibida pero es grave: «Hemos analizado los establecimientos y desde 2014 existe un cambio drástico porque hay una mayor concentración de empresas de fuera, que no tienen su sede aquí. Tenemos más establecimientos turísticos, pero menos sedes fiscales. No estamos gestionando nuestro territorio, estamos perdiendo la propiedad», alertó Alzua.

DEJAR DE IMPROVISAR, DEFINIR, DEMOCRATIZAR

Llegados a este punto, sin duda inquietante, tocaba plantear salidas. Alzelai consideró que «se necesita cambiar de raíz la política actual». Pero lamentó que «el modelo que tenemos es cortoplacista. No se planifica. Todo es improvisación». Puso como ejemplo que el Ayuntamiento abrió en verano pasado un censo para guías y ya hay 208 personas inscritas, muy pocas de ellas locales. Apuntó aquí otra cuestión llamativa: la CAV es la única comunidad del Estado que no tiene reglamentada esta cuestión, «de modo que cualquiera puede enseñar cualquier cosa y de cualquier modo». El mismo descontrol observa en la financiación de muchos free-tour, «que se abonan en el momento y en metálico. ¿Dónde está ahí Ticket Bai?».

Alzua reivindicó igualmente otras políticas, en un proceso que empieza por algo obvio: «Tenemos que hablar del modelo turístico». Se mostró un poco más escéptica que Minguez ante la propuesta del decrecimiento como vía razonable porque ve difícil incidir en ello cuando «no controlamos la demanda».

Xavi Minguez concluyó subrayando que «hace falta una profundización democrática en las decisiones sobre el turismo», pero puso en duda que las instituciones puedan hacerlo con sus actuales características.

P.D: A la salida de la cripta de la calle San Jerónimo, donde se desarrolló la mesa redonda, los asistentes tenían que sortear una fila de turistas esperando alcanzar sitio para cenar en uno de los restaurantes de moda.