Noruega confirma y valora su labor de facilitación, solicitada por Madrid
El Gobierno noruego ha publicado un «libro blanco» sobre su ingente labor de resolución de conflictos en el mundo, en el que por primera vez confirma su implicación en el proceso vasco y aporta algunos detalles. Lo valora positivamente aunque sus efectos no fueran «acuerdos definitivos» entre el Gobierno español y «el movimiento rebelde ETA».

“Los esfuerzos de Noruega por la paz y la resolución de conflictos en un mundo lleno de problemas”. Este es el título del “libro blanco” publicado por el Ministerio de Exteriores noruego y en el que explica con cierto detalle su papel de facilitación para «resolver o mitigar» enfrentamientos de carácter armado y también político a lo largo y ancho del mundo. Son nada menos que 40 procesos desde 1990. Entre ellos, el vasco.
Nunca hasta ahora Noruega había reconocido su participación en el proceso de resolución en Euskal Herria, aunque esta sí había sido difundida por las dos partes en conflicto. Según explica el documento, el hecho de que haya sido recogida en «memorias» de líderes políticos españoles es lo que le libera de prolongar el secreto al respecto.
En esta especie de “rendición de cuentas”, el Gobierno noruego explica sus objetivos, desvela las reglas con las que trabaja, e incluso cita algunos dilemas o contradicciones que enfrenta en su labor.
El documento constata además cómo observa Noruega a las dos partes. Así, sobre el conflicto vasco comienza describiendo que «el movimiento rebelde vasco ETA [es así como lo define en todo el texto] se fundó en 1959 y fue responsable de una serie de importantes atentados terroristas y asesinatos que continuaron tras la transición a la democracia en 1976. Los gobiernos de distintos partidos intentaron entablar un diálogo con el movimiento, pero sin éxito».
Detalla que fue en 2005 cuando «el Gobierno español solicitó de manera informal al Centro para el Diálogo Humanitario [también denominado Centro Henri Dunant, con sede en Suiza] que le ayudara a establecer contacto con el movimiento con el fin de sentar las bases para una solución. El proceso fue políticamente controvertido en España, y las autoridades querían un facilitador internacional no gubernamental discreto, como HD, que permitiera mantener una cierta distancia con respecto a las conversaciones y evitar la internacionalización».
Al mismo tiempo, sin embargo, «era necesario el apoyo de los Estados al proceso. El apoyo noruego se prestó a petición del Gobierno español -revela- y se desarrolló en el tiempo. Junto con Suiza, Noruega contribuyó con lugares de reunión seguros, transporte, facilitación de conversaciones y como testigo».
«SOLUCIÓN SIN ACUERDO»
. ¿Qué conclusiones extrae Noruega? Una de ellas es que Euskal Herria constituye «un ejemplo de cómo un facilitador internacional no gubernamental como HD puede necesitar la ayuda de un Estado para fun- ciones complementarias».
Saluda acto seguido que «esta ‘diplomacia híbrida’ fue crucial para que las partes decidieran sentarse a la mesa de negociaciones. Hubo varias interrupciones en las negociaciones durante el proceso. Los esfuerzos policiales para contrarrestar el movimiento continuaron en paralelo a las conversaciones, y ETA no cesó su actividad armada. Nunca se llegó a un acuerdo definitivo».
«Sin embargo -prosigue-, la combinación de presión de las autoridades españolas y la facilitación de las conversaciones con el apoyo de Noruega creó una dinámica que contribuyó a que ETA declarara unilateralmente en 2011 el cese de su actividad armada. En 2018, ETA dio un paso más y disolvió unilateralmente la organización. ETA fue eliminada de la lista de organizaciones terroristas de la UE en 2022. Algunos sectores del movimiento político vasco existen ahora como partidos políticos legales», certifica.
El proceso vasco es calificado por los expertos como pionero por factores como la unilateralidad o el impulso social. También para el Gobierno noruego constituye un ejemplo de que «las negociaciones pueden dar lugar a una solución sin llegar a un acuerdo».
Remontándose a 2005, evoca que «el diálogo se vio interrumpido regularmente por crisis como consecuencia de atentados terroristas y desacuerdos políticos internos, pero la mera existencia de un proceso alimentó la esperanza de que cesara la violencia y reforzó la posibilidad de una solución política».
Abundando en ello, recoge que «ETA ha destacado la importancia del diálogo en su decisión de 2011 de deponer las armas. Sin embargo, España subraya que, en la medida en que las conversaciones funcionaron (si es que lo hicieron), fue porque fueron seguidas de operaciones policiales eficaces y del encarcelamiento de un gran número de personas relacionadas con ETA». Confronta con ello dos interpretaciones o relatos bien diferentes de lo ocurrido.
LO QUE DIJERON LAS DOS PARTES.
Ese relato exclusivamente policial español encaja en lo que dijo Mariano Rajoy en sus memorias (en 2019). Trató en ellas de marcar distancias e incluso criticar los esfuerzos de Noruega.
«A través de diferentes vías, el Gobierno de Noruega pretendió que hubiera una reunión, a lo que siempre me negué. Según nos dijeron, su postura se sustentaba en una solicitud del anterior Ejecutivo socialista para que actuaran como mediadores en sus contactos con la banda terrorista», escribió el que fue presidente español por el PP entre 2011 (llegó a Moncloa apenas un mes después del acto en Aiete) y 2018.
Rajoy recreó en esas memorias este choque entre estados: «Cuando desde Oslo se solicitó el plácet como embajador para un diplomático cuya tarjeta de visita había sido hallada en poder de uno de los terroristas, esta petición quedó sin respuesta durante varios meses, algo muy excepcional entre países amigos».
Desde la otra parte, David Pla, unos de los interlocutores de ETA, evocó los 16 meses que permanecieron en Oslo a la espera del Gobierno español en una entrevista-reportaje videográfico en NAIZ en 2021, rodada en la capital noruega. Allí declaró que «cuando Rajoy llegó al Gobierno, nos pidió tiempo para fijar posición. Tenían una inercia del pasado, un discurso, un público, una línea muy concreta contra la solución dialogada, que había sido alimentada en el pasado».
La delegación vasca percibió «pronto» que no habría negociación. Ante ello, los interlocutores de ETA hicieron una «reflexión compartida con los agentes internacionales y el Gobierno noruego». «No entendían como la otra parte no venía a este espacio de negociación», añadió Pla.
En una entrevista un año antes también en estas páginas, Josu Urrutikoetxea valoró igualmente lo sucedido en Noruega: «Mientras estuvimos allí, nadie comprendía la actitud de los españoles. ‘Estos quieren dejar las armas, y los otros no quieren saber nada… ¿qué les pasa?’. Los responsables del Ministerio de Relaciones Exteriores noruego se trasladaban a Madrid y veían a [Jorge] Moragas, pero este ni una palabra. Fue peor aún cuando, en 2012, Rajoy acudió a la entrega de los Nobel en Oslo. ¿Dijo algo? Ni una mención. Nadie entendía nada».
Urrutikoetxea negó, en paralelo, que el fin de la acogida en Noruega (2013) pueda calificarse de expulsión, como hizo la propaganda española: «Me dieron un pasaporte diplomático, me metieron en un avión y me trajeron al lugar que yo había pedido. ¿Qué tipo de expulsión es esa? Es digna de elogio la actitud de Noruega».
Sobre la implicación noruega habló también en GARA Jonathan Powell, impulsor de la Conferencia de Aiete. En una entrevista en 2021 apuntó que «recuerdo la situación comprometida en la que quedó el Gobierno noruego, que había acogido a estas personas en un gesto de buena voluntad y de repente se encuentra con que el Gobierno español retira su apoyo». Y añadió: «Hay que reconocer, por parte de la organización y de quienes trabajaron entre bambalinas, que no se rindieron. Muchos hubiesen dicho: ‘Si no se cumple este punto, el proceso ha terminado’. No fue una decisión fácil, es admirable que siguiesen concentrados en trabajar para conseguir una paz duradera, y que lo lograran a pesar de todos los obstáculos. No es algo común».

Récord de conflictos desde 1945
El documento del Gobierno noruego constituye una apología clara de los procesos de resolución, especialmente en este contexto en que existe un «incremento del número de conflictos desde 2020» hasta haberse convertido en «el mayor desde el fin de la II Guerra Mundial». Certifica cerca de 60 conflictos activos hoy día, que implican a 200 estados.
Aporta otros dos datos elocuentes: «En 2024 una de cada siete personas del planeta estaba expuesta a algún conflicto y cerca de 130.000 personas han perdido la vida directamente en combates». En 1993, por contra, eran 44 los conflictos y 45.000 los muertos anuales.
Reivindica su modelo de actuación, que se asienta sobre estas claves: «Disposición al diálogo entre todas las partes», «discreción», «facilitación imparcial», «inclusión», «largo plazo», «flexibilidad», «compromiso político», «vocación de tomar riesgos», «conocimiento, experiencia y prevención de daños», «recursos» y «disponer de redes y socios».
En este análisis general de su labor de facilitación, Noruega establece cuatro bloques diferentes y ubica el caso vasco en el denominado “Procesos formalmente dirigidos por otros”. Los otros tres ámbitos, diferentes en esencia, son “Contactos diplomáticos” (con menor implicación gubernamental, se entiende), “Facilitación informal” y “Facilitación formal”.
En ese espacio de “Procesos formalmente dirigidos por otros”, junto al proceso vasco Noruega ha intervenido en los de Ucrania, Etiopía-Tigray, Guatemala, Aceh, Nigeria, Sahel, Norte y Sur de Sudán, Tailandia, Uganda y Chipre. R.S.

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