Entre la tensión psicológica y el cliché

Algo tienen las películas ambientadas en fiestas de la alta sociedad que hipnotizan. Y si, además, sirven de excusa para lanzar una crítica a las élites y sus costumbres, mejor todavía. El problema aparece cuando la sutileza brilla por su ausencia y lo que debería ser bisturí se convierte en maza: los arquetipos se amontonan y la obviedad acaba por ahogar la ironía. “El talento” se deja ver con gusto, su denuncia es necesaria, pero el guion tropieza en los clichés.
La película sigue a Elsa, una joven violonchelista de clase alta que asiste a la fiesta de su amiga Idoia. Allí, una llamada de su madre revela la crisis económica familiar y la obliga a enfrentar decisiones que ponen en juego su futuro y su dignidad.
A partir de esa premisa, la película nos abre las puertas de la alta sociedad y lo hace a través de una tensión psicológica bien calculada, una estética impecable y un personaje central que sostiene el peso del relato. Ester Expósito aporta duda, ambigüedad y una resistencia que, aunque frágil, resulta convincente. Por momentos la película consigue emocionar, incomodar e incluso invitar a la reflexión. El relato, confinado casi por completo a esa noche de fiesta, acumula tensión con buen pulso hasta alcanzar su clímax.
Lástima que el desenlace se deslice hacia el histrionismo, rompiendo la pulcritud y moderación del arranque, mientras la mirada sobre la juventud queda reducida a un escaparate frívolo y hueco.
En un contexto de abusos de poder, posturas misóginas y vínculos familiares y amistosos envenenados, la película pedía a gritos un tono más afilado, crítico y mordaz. Sin embargo, lo que se impone es una atmósfera de serie juvenil de plataforma, tan pulida y ligera que diluye la gravedad del tema en puro envoltorio.

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