El talento que se queda a medio camino

Toda la filmografía de Amenábar anterior a “Mar adentro” posee un magnetismo especial; no son perfectas, pero tienen algo que las hace únicas. Curiosamente, me ocurre lo contrario con las estrenadas a partir de “Ágora” (2009): son técnicamente impecables, en los que se percibe a un director obsesionado con la perfección, pero que, a menudo, parecen quedarse a medio camino. Como si temiera ir más allá, la películas se estancan; esto es precisamente lo que sucede con “El Cautivo”.
La cinta celebra el poder de las historias para sostenernos incluso en la adversidad. Se basa en el poco conocido cautiverio de Miguel de Cervantes en Argel en 1575. Tras ser capturado por corsarios, se enfrenta a la amenaza de una muerte segura. En ese contexto, descubre en la narración un refugio y una forma de sobrevivir.
Lo más destacable de la película es su capacidad de trasladar al espectador: cada espacio, cada detalle de vestuario, maquillaje y ambientación, construye un mundo tangible y fascinante.
Amenábar transforma un episodio oscuro de la vida de Cervantes en un relato sobre cómo las palabras pueden abrir mundos. El juego entre realidad y ficción mantiene viva la narración dentro del reducido espacio del penal argelino, un recurso que logra sostener la tensión inicial. Lo mejor de todo es que seguramente hará fruncir el ceño a los sectores más conservadores, y eso ya es un triunfo.
Pero “El cautivo”, pese a su ambición estética y a su cuidadosa construcción, termina desinflándose: el ritmo se adormece y la película pierde solidez dramática cuando abandona el terreno de la aventura histórica. Deja la sensación de un relato fascinante en su concepto y ejecución visual, pero que nunca termina de alcanzar la intensidad que su historia merecía.

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