XOLE ARAMENDI
DONOSTIA

Mikel Díaz Alaba: «La pintura no se morirá nunca»

Mikel Díaz Alaba cuelga en las paredes de Ekain Arte Lanak una veintena de cuadros que reflejan su creación desde la década de los años 80 hasta hoy en día, ya que el pintor bilbaino, coetáneo de Juan Luis Goenaga y amigo de Jorge Oteiza, continúa activo. «He tapado mucha obra», reconoce. «Algunas piezas están sujetas al momento en el que las pintas, y después pueden taparse pintando sobre ellas o pueden moverse», explica.

Mikel Díaz Alaba posa junto a su obra.
Mikel Díaz Alaba posa junto a su obra. (Maialen ANDRES | FOKU)

Mikel Díez Alaba (Bilbo, 1947) es uno de los referentes entre la generación de artistas vascos nacidos en la década de los cuarenta. Desde 1981 reside en Menorca. La muestra que alberga Ekain Arte Lanak se puede visitar hasta el 11 de octubre. Está compuesta de una veintena de obras. Son pinturas realizadas en la década de los 80 hasta piezas hoy en día.

La pieza más grande mide 1,95 x 1,95 y es un homenaje a la memoria de Tomás Moro, titulado “Utopía”. «Es el homenaje a su memoria y a la dureza que vivió en su proceso», cuenta.

El paso del tiempo es uno de los temas recurrentes del artista a lo largo de su carrera. El el título de la muestra, “Momentos del tiempo” así lo refleja. «Nacemos con unas características que vamos modelando, moldeando o modificando a lo largo de nuestra vida pero en esencia es el mismo ser el que se está moviendo. En el recorrido del tiempo te encuentras en distinos lugares, en distintas situaciones emocionales, en distintos estado psíquicos, tu ser va viviendo intensamente todos los procesos que vas sintiendo por el tiempo histórico y por el lugar, que determina muchísimo».

Uno de los sitios que ha marcado al pintor bilbaino es, sin duda, Menorca. El azul de su mar es uno de los elementos que se repiten en sus cuadros. «He retomado esos azules a lo largo de estos más de cuarente años de trayectoria periódicamente, porque esos ultramares me atraen poderosamente y vuelven a aparecer continuamente; de ahí el nombre de la muestra».

Encontramos ese azul en una de las obras que cuelga en Ekain. Es de 1986. «Fue al comienzo de nuestra llegada a Menorca, llegamos en el año 1980. Vivíamos en una torre del siglo XVI y tenía el taller en la última planta. De ahí había escaleras a una terraza muy grande desde donde se dominaba media isla. El vínculo se producía con el cielo y con el mar, que estaba muy cerca. De hecho, desde allí arriba veíamos salir el sol», recuerda.

Nos anuncia una próxima muestra que organizará en la isla. «El año que viene prepararé una exposición en verano en una iglesia se llamará ‘Una torre y 57 cielos’ porque aquella época en la que viví en la torre fue la más espiritual, más desvinculada de las realidades aparentes, y fuera de todos los movimientos que se estaban produciendo».

ANTE TODO, PINTOR

Por encima de todo se considera pintor. «Esto requiere un conocimiento exhaustivo y permanente de todas las técnicas y procedimientos y herramientas y todos los soportes posibles vinculadas a la pintura. A lo largo de todos estos años he conseguido ese pequeño conocimiento de la pintura. El arte, en general, es mucho más complejo. En euskara, de hecho, el arte está vinculado a la habilidad y si no la cultivas en el tiempo es muy difícil que exista», explica.

«Hace mucho tiempo descubrí que la pincelada no estaba solamente obligada a añadir una detrás de otra para representar algo, sino que ya la propia pincelada se podía independizar y coger carácter en sí misma. No representaba nada, pero el gesto está vivo. Puedes incluso hacer una similitud entendiendo que está vinculada al Action Painting pero en lugar de ser tramas habituales sin significado de manera que no te puedes mover por allí, en este casi sí, puedes circular dentro de aquellos espacios», continúa. Trabajó la pintura figurativa a principios de los años 70, y en la segunda mitad de la década optó por la abstracción, «mucho más radical, el momento más íntimo». «Buscas referencias en el mundo externo, miras al cielo, al suelo... Al principio es un caos todo lo que haces hasta que poco a poco se va abriendo y va apareciendo un mundo más concreto. En los últimos años no trabajo tanto la abstracción, sino la sugerencia de la abstracción, es lo que el mundo de la imagen real, el paisaje, me transmite».

Los tiempos han cambiado mucho. «El sistema, el capital, mueve los intereses sociales y el estos momentos están en los viajes y la gastronomía, fundamentalmente. Es inevitable. Dicen que la pintura se ha muerto. No, no se morirá nunca. Tengo cuatro nietos y cuando pillan una herramienta se ponen a garabatear. No he conocido a ningún niño que no lo haga», sentencia.

AMIGO DE JORGE OTEIZA

Coetáneo de artistas de renombre como Juan Luis Goenaga, Díaz Alaba tuvo la fortuna de compartir inolvidables momentos con José Ramón Morqillas, Remigio Mendiburu y José Antonio Sistiaga... «la generación justo anterior anterior a la mía. Con todos ellos he crecido y he vivido. Me tocó vivir una época buena», confiesa. Cómo olvidar a Jorge Oteiza. «Un ser muy importante en el discurso del tiempo en nuestro país, al margen de los maestros que he tenido en la pintura, que han sido muchos, es Jorge Oteiza», continúa. El propio Alaba conoció la pintura japonesa a través del escultor oriotarra. «Hubo esa sintonía cuando él hablaba de lo inmediato. Lo que me llamó más la atención fue el concepto de identidad, ser partícipe de un grupo. Oteiza fue fundamental. Tuve la oportunidad de conocerlo, de entenderlo y de reírme a ratos con él porque no dejaba títere con cabeza», cuenta.

¿También compartió momentos de enfados? «Nunca lo vi muy enfadado, era muy provocador, eso sí». ¿Era más el personaje creado? «Absolutamente. Yo lo vi muy lúcido, muy creativo. Lo conocí a principios de los 70 y la última vez que lo vi fue en Altzuza. En su momento fue una persona importante», recuerda.