Daniel Barenboim recuperó el espíritu del Concierto de Año Nuevo
Daniel Barenboim y la Orquesta Filarmónica de Viena protagonizaron el tradicional Concierto de Año Nuevo de Viena, retransmitido a más de 90 países.

Daniel Barenboim partía con cierta ventaja, pues las tres últimas ediciones del Concierto de Año Nuevo, y en especial la del 2013 dirigida por Franz Welser-Möst, son recordadas entre las más discretas de este espectáculo que se remonta a 1939. Aún y todo Barenboim, que en su extensísima carrera ha abordado el repertorio de valses y polcas solo de forma tangencial, lideró ayer un recital brillante, superior incluso a su magnífica actuación del 2009 en el que fue su primer Concierto de Año Nuevo. El argentino-israelí tiene una forma peculiar de abordar estas músicas habitualmente comunicadas de forma festiva y desenfadada. Gran especialista en el repertorio germánico, Barenboim sabe imprimir un matiz de la trascendencia de sus Beethoven, Schubert o Brahms a este repertorio a priori antagónico en cuando a carácter, pero que, sonoramente, tiene en común con aquellos mucho más de lo que parece.
Pulso dramático
La primera parte del concierto fue simplemente fantástica, con una introducción al vals «Las palmas de la paz», de Josef Strauss, de encantador preciosismo y refinamiento, o un «Seid umschlungen, Millionen» (Ser abrazado por millones), repleto de detalles elegantes y emoción a flor de piel. Incluso en los números más gamberros, como el «Carolinen-Galopp» o la «Helena Quadrille» -alguien la definió en Twitter como «música para ir de poteo»- controló Barenboim al máximo la sonoridad de la orquesta, para que no se desbocase ni rayase en lo ordinario, aunque con manga ancha suficiente para no resultar tampoco pedante. El momento más espectacular de la primera parte fue seguramente la exótica «Marcha egipcia» de Johann Strauss hijo, guiada por Barenboim con un pulso dramático arrollador.
Tras el intermedio -un publi-reportaje de Viena que esta vez se asomaba al making off del concierto- llegó una segunda parte más irregular. Probablemente debido al repertorio, pues poco se puede extraer de piezas como el «Klipp-Klapp galop» o la «Viellibchen polka» de Hellmesberger. Quedó también fuera de lugar la «Música a la luz de la luna» de Richard Strauss, música quizá de demasiada enjundia para este evento. Aún así, no faltaron más momentos sobresalientes, como el la «Variation dansée» del ballet «Sylvia» de Delibes, dibujada con una impresionante flexibilidad de tempo y adornada, además, por un curioso número musical con bailarines masculinos con faldas de Vivienne Westwood -algo revolucionario para un evento tan conservador como este, en el que hasta hace poco ni siquiera podían tocar mujeres-. Musicalmente fue extraordinaria la versión del «Dynamiden walzer», otro vals profundo y un tanto oscuro que permitió a la Filarmónica de Viena mostrar toda su calidad orquestal. Y en los bises, y como siempre, el «Danubio Azul» y la «Marcha Radetzky», que se tocó sola mientras Barenboim se dedicaba a saludar uno a uno a los profesores de la orquesta. En 2015, el maestro de ceremonias del Concierto de Año Nuevo será Zubin Mehta, quien ya lo ha dirigido previamente en cuatro ocasiones.

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