MIKEL INSAUSTI
Zinema kritikaria
CRíTICA: «Una noche en el viejo México»

El vaquero crepuscular que cruza la última frontera

Guste o no, Emilio Aragón es un autor cinematográfico con una personalidad muy definida. Ha hecho suyo un trabajo de encargo que le propusieron en los EEUU, cuando presentó allí su ópera prima «Pájaros de papel». Aquella película era una creación muy sentida, inspirada en recuerdos de su familia circense. Pues bien, la querencia por el cine familiar sigue estando muy presente en su segundo largometraje, que habla de los valores que se transmiten de abuelos a nietos.

Y lo del cine familiar no sólo lo digo por las razones de parentesco, sino también por su recuperación del tipo de película de sesión infantil, apta para todos los públicos. Nadie más que Emilio Aragón puede convertir una historia de narcos y de violento ambiente fronterizo en una inocente y entretenida aventura para disfrute de grandes y chicos. No quiero ni imaginar lo que sería capaz de hacer con un posible remake de «Quiero la cabeza de Alfredo García».

El secreto de esta sana infantilización de contenidos reside en el diseño de personajes, con un trío de aventureros compuesto por el viejo vaquero fanfarrón, el chico ingenuo que sueña con ser profesional del rodeo y la chica buena a la que rescatan de los garitos nocturnos de mala muerte, donde además de cantar tiene que desnudarse parcialmente.

El reparto de papeles no puede ser más acertado, con Robert Duvall repitiendo su caracterización de vaquero crepuscular en la serie televisiva «Lonesome Dove», que no por casualidad estaba escrita por William D. Wittliff, que también es el guionista de «A Night in Old Mexico». Sobre el joven Jeremy Irvine baste decir que fue descubierto por Steven Spielberg en «War Horse», y en cuanto a la colombiana Angie Cepeda recordar que responde al perfil de mujer que Gabo se ha llevado consigo a la tumba.

«A Night in Old Mexico» transcurre durante el día de los Muertitos, lo que facilita mucho la ambientación mediante el socorrido recurso del disfraz. El ajustadísimo presupuesto de entre dos y tres millones de dólares no daba para más.