Tuiteando Gospel en el siglo XXI
Take 6 convencen al público del polideportivo de Mendizorrotza con una vibrante exhibición de perfectas armonías vocales, y un amplio registro de estilos hermanados con el góspel

Se barruntaba una buena entrada en la Noche Góspel, y las expectativas se cumplieron con creces. Lo atractivo y asequible de la oferta atrajo a un público de lo más heterogéneo, con abundante presencia femenina y multitud de espectadores que no suelen frecuentar el festival, o al menos no las jornadas más específicamente jazzeras. Todos parecieron pasarlo en grande en un concierto que se hizo corto -inmejorable señal-, divirtiendo hasta a los gafapasta más pedantes, entre los cuales me incluyo. Las cosas como son.
A estas alturas, nadie va a decirles a Take 6 cómo hacer su trabajo. Su sentido del espectáculo es innegable: desde cómo va vestido cada cual para delimitar estéticamente su papel en el show, a la coreografía y el diseño del repertorio, nada parece ser fruto del azar o la improvisación. 25 años de carrera dan para amasar una envidiable experiencia, patente en su dominio del tempo y de los resortes necesarios para empatizar e interactuar con una audiencia que, en este caso, les resulta culturalmente algo ajena. A tal fin, no faltaron incluso llamadas al autobombo con el pretexto del petardeo en las redes sociales: ni corto ni perezoso, el maestro de ceremonias invitó a todos a empuñar sus smartphones para retratar al grupo y subir las fotografías a Twitter, Facebook o Instagram. ¿Somos modernos o no somos modernos?
Centrándonos en lo estrictamente musical, hay que reconocer que todo funciona como un reloj en su espectáculo, el empaste de las voces es formidable –mención especial para los técnicos del festival, por su gran labor de sonorización– y el trabajo de arreglos, perfecto. Sin embargo, uno echó de menos algo de riesgo a lo largo de un concierto que comenzó con cierta solemnidad, citando a Michel Legrand (“Windmills on my mind”), Ray Charles (“Hallelujah I love her so”) o Chaplin (“Smile”), y justificando su ADN gospeliano, para luego adentrarse en los terrenos más autocomplacientes de sus últimos trabajos, y ofrecer un último sprint lleno de galopante funk.
En un set central de corte más soul, Take 6 reverenciaron la estética atemporal de Motown y el legado de Stevie Wonder –su influencia en el sexteto es enorme–, dejando asomar de paso su encaje en un contexto de r’n’b más contemporáneo y mainstream. Fue una oportunidad para apreciar las habilidades técnicas y el buen gusto de cada vocalista por separado, en sucesivos duelos no exentos de humor. En ese sentido, su homenaje a Michael Jackson fue muy logrado, aunque rozó excesivamente lo paródico.
Y es que la propuesta de Take 6, a pesar de su gran empaque, sacrifica a veces el potencial para lo emotivo en favor del puro entretenimiento. Nadie se quejó, no obstante. Allí habíamos ido todos a dar palmas, para todo lo demás escuchen en sus casas a Mahalia Jackson.
Un buen entrante con el que abrir boca, a la espera de los grandes guisos y caldos que nos reserva la semana. Sobra decir que durante estos días no sólo hay jazz en Mendizorrotza o el Teatro Principal. En la terraza del Minijazz Café Dublín (Plaza de la Virgen Blanca) asombraba anoche el joven pianista local Juan Sebastián, y lo seguirá haciendo junto al batería Borja Barrueta –nada menos- en el Man in the Moon (Manuel Iradier) en los próximos días. Estén atentos a esta oferta alternativa de conciertos gratuitos que, desde hace ya más de quince años, depara propuestas tan interesantes o más que lo que puedan ofrecer en ocasiones algunos nombres consagrados. Avisados quedan

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