Chano y Josele toman el pulso al jazz y al flamenco
El Jazz ha visto en el Flamenco y el Flamenco en el Jazz, la combinación perfecta para descubrir mundos insondables hasta el momento. Y cual mejor fórmula que la de Chano & Josele. El piano, la guitarra. Dos columnas imprescindibles. El Atlántico y el Mediterráneo. Para qué más. La receta está al gusto. Sírvanse.

Un año más el agobiante bochorno se adueñó de «Casa Añua» en la segunda noche del 38º Festival de jazz de Vitoria-Gasteiz. Esta vez con la novísima propuesta que lanza Calle54, Chano Domínguez-Niño Josele. Del Atlántico al Mediterráneo, pasando por cientos de vicisitudes. Aunque no con lleno absoluto, los allí presentes pudimos deleitarnos de lo que es capaz de construir una guitarra y un piano. Cara a cara. Solas ante el peligro. Y toda esa unión, es la mezcla insondable, perfecta para abrir nuevas puertas hacia lo inimaginable.
Puntual a la cita, el telón se abrió con un Niño Josele a solas, por Colombianas y que tanto nos recordó al maestro de Algeciras. Con Chano en el escenario, empezaron a proponernos temas de la nueva andadura juntos: «Chano & Josele»: Dos mundos, un mismo universo, un mismo lenguaje. La suerte que tuvimos los allí presente de ser los primeros en disfrutar el primer bolo de su nueva gira. De la simpleza, para así formar un todo, una mezcla perfecta para decir que lo simple es hermoso. Desde el «Because» de Lennon y Mc Carthney, al «Django» de John Lewis. Del «Luiza» de Antonio Carlos Jobim, al «Lua Branca» de Chiquinha Gonzaga» y del »Olha Maria» de Vinicius de Moraes y Chico Buarque, al «Two for the road» de H. Manchini. Todo un lujo de infinitas propuestas, donde ya de por sí, tanto Chano, como Josele, dan un discurso propio, una versión misma de los hechos. Porque sólo los grandes son capaces de montar una como la que montaron este pasado Martes en el Festival vitoriano y en un mismo trabajo discográfico: Coplas, boleros, Jazz, Flamenco, música brasileira... Y todo lo que le echen. Porque para eso están estos dos monstruos, para tocar todo lo inimaginable. Dejándose caer en cada silencio, respetando las cadencias, cuando lo difícil se ofrece como si tal cosa. Vital. Casi como beber agua. Porque con Chano sobra la parte percutiva. Ël lo hace todo en uno, lo cubría con sus teclas llena de compás. Al igual que la suavidad en el traste del almeriense, que nos acercaba a un flamenco-Jazz-Tántrico. Dónde el menos, es más. Había que recordar que allí estábamos también por Paco de Lucía y de su homenaje, pero Josele, inteligentemente, no quiso tomar esa responsabilidad de tomar ningún legado y así caer en la facilidad de ser comparado. Supieron conjugar el piano con el trasteo de Paco. Ya en la parte final, por aclamo, hicieron dos temas de Paco como sólo ellos saben hacerlo: «Canción de amor» y «Zyryab». Dos obras de arquitectura del alma que nos dieron a entender que en cuestión de melodías el de Algeciras sólo había uno, y solo uno. Respetando absolutamente a la grandeza de estas composiciones y a su espíritu. Al menos, al final, el respetable despidió a los músicos con palmas al compás, para que luego digan que en Euskal Herria no tenemos eso... compás.
Darcey James Argue
El parecido del proyecto que Darcy James Argue desarrolla con su Secret Society se parece tanto al legado de Duke Ellington, Count Basie o Benny Goodman como D'Artagnan a Luke Skywalker.
Unos hacían cosquillas a los malos con una espada -o su equivalente en el universo de Stars Wars- y estos crean música empleando a una orquesta como instrumento principal. Obviando esa similitud, todo lo demás es diferente entre ellos.
“Brooklyn Babylon” –última grabación del colectivo– sonó en su totalidad y sin más interrupción que la pausa anterior al bis, circunstancia que convirtió la escucha en un ejercicio exigente para gran parte del escaso público presente. Un gran mural urbano y contemporáneo que remite al cine negro, la cultura de los Balcanes, el rock, la música klezmer y... el jazz. Ni rastro de swing pero, a cambio, uno puede disfrutar de una partitura y unos arreglos de gran riqueza y complejidad, interpretados de manera portentosa por un conglomerado granítico de músicos, entre los que no obstante descolló la flautista Erica von Kleist, realmente fantástica en sus intervenciones con el saxo alto. Toda una sorpresa.

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