El ángel exterminador en el jardín de las delicias

Al triunfar en la última edición del Festival de Sitges con «Borgman», el holandés Alex Van Warmerdam ve consagrado un estilo hermético y personal, que ya venía practicando desde sus comienzos con «Los norteños» (1992). Su nueva obra es de una gran riqueza en símbolos abiertos a libres interpretaciones, pero en ella no todo vale, porque Van Warmerdam se muestra muy disciplinado y matiene un férreo control narrativo a la hora de administrar los escasos diálogos o colocar la cámara a una distancia objetiva de lo observado. En eso es un poco como Buñuel, que aplicaba un punto de vista entomológico sobre los seres humanos, tal que si fueran insectos o especímenes de colmena.
El surrealismo vocacional del holandés resulta evidente desde la primera secuencia, en la que el personaje del título y sus iguales son acosados en sus madrigueras por un grupo de cazadores liderados por un sacerdote. Deberán huir como conejos, desperdigándose por la civilización hasta encontrar un nuevo cobijo. El contacto se produce a través de la necesidad de un baño, ya que el fugitivo pide permiso para acceder al cuarto de aseo de las viviendas visitadas, hasta encontrar refugio en una de ellas. No será dentro de la casa, sino en el cobertizo, pasando a ejercer labores de jardinero en colaboración con sus iguales. De esta forma sigue ligado a su orígen salvaje en contacto directo con la tierra.
El caudal referencial contenido en «Borgman» es el común a la mayoría de creaciones surrealistas, del mismo modo que «Kynodontas» del griego Giorgos Lanthimos debía mucho tanto a Buñuel como a Ripstein. Es posible que la película de Van Warmerdam remita más a «Teorema», de Pasolini, o a «Che?», de Polanski, al introducir en un hogar burgués un elemento subversivo y desestabilizador. El holandés lo reviste de un carácter más violento si cabe, mostrándose muy inventivo en el diseño de las acciones criminales. Los cadáveres son plantados boca abajo en el fondo del lago, depositados en unas macetas.
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