El botxo al que no reflejan los destellos del titanio del Guggenheim
Mikel Etxaburu no oculta sus raíces ondarroarras pero tampoco su vinculación con Bilbo, una ciudad que comenzó a descubrir siendo estudiante de Magisterio y donde ha trazado importantes lazos vitales. Su recorrido por el Botxo escapa a los destellos que genera el titanio cuidado con esmero del Museo Guggenheim. El Casco Viejo y Bilbao La Vieja son los espacios donde se siente cómodo, saludando a viejos conocidos y disfrutando de sus amigos.

Mikel Etxaburu se siente cómodo al detallar un recorrido ideal por el Botxo que conoció a final de la década de los 80 por motivos de estudios, donde ha entablado sólidas relaciones derivadas de su compromiso político y ahora reside, aunque reconoce que los fines de semana son para escapar a su añorada Ondarroa.
Vive en una de las Siete Calles, en Somera, pero confiesa que atraviesa habitualmente el puente de San Anton para disfrutar de su ocio en Bilbao La Vieja, donde comparte buenos momentos con sus amigos. También en Barrenkale y su entorno, donde reconoce décadas después «a gente que patea la calle y que lo hacía a final de los 80 y 90», que entran en las mismas tabernas «aunque son más viejos». El ambiente ha cambiado pero aún se mantienen ciertas reminiscencias de aquel pasado que no se ha cubierto por el barniz turísticos que algunos le quieren dar y del que otros escapan. Sigue siendo un buen lugar para el encuentro y las confidencias.
Más arriba de Bilbao La Vieja, en San Francisco, el entorno de La Palanca siempre ha tenido para el ondarroarra algo especial. «Cuando vivía en el pueblo, Bilbo se me hacía grande, ahí estaban como referencias El Corte Inglés, también el barrio de las Cortes que me evocaba lo ilegal, lo clandestino. Dentro de lo grande que era para mi Bilbo, La Palanca era un mundo en sí mismo. Lo sigue siendo -comenta Etxaburu- y merece la pena conocer la realidad de estas calles y sus gentes, hay más cosas buenas que los estereotipos negativos que se han asentado en la memoria colectiva».
Para Mikel Etxaburu merece la pena conocer cómo fue ese centro histórico de la villa, junto a las antiguas minas de Miribilla, cómo es y aventurarse a pronosticar cómo será. «El cambio en los últimos años, a pesar de las trabas, es muy destacado, asentándose nuevos negocios y la llegada de jóvenes con propuestas artísticas que merecen ser tenidas en cuenta. Se está convirtiendo -se atreve a decir- en una pequeña, diminuta, Manhattan».
También tiene su «magia» El Arenal y sus muelles, un lugar de paso para la mayoría, de estancia para otros y que del 16 al 24 de agosto se transformará en el olimpo festivo de la mano de Marijaia. «En él se plasma un modelo de participación y de organización que va más allá de la fiesta y cuyo espíritu estaría bien trasladar al campo social y político, otorgando más protagonismo a las personas frente al poder institucional encorsetado». Anima a quien no la conozca a que se acerque a vivir «en primera personas» Aste Nagusia.
Detrás de Abandoibarra
El escritor, que imparte clases en Mondragon Unibertsitatea, siente cierta atracción por el entorno del puente de Deustua y sus alrededores, donde antaño se levantaban los pabellones y gradas del Astillero Euskalduna, en ellos se parapetaban los trabajadores para defender hasta el último aliento su modo de vida. Etxaburu pasaba entonces por allí a bordo del autobús camino de la Escuela de Magisterio, en Arangoiti, entablándose discusiones entre los viajeros a favor o en contra de la lucha obrera.
De aquello no queda nada, tan solo el puente remozado, viviendas de lujo, un centro comercial, un hotel y el palacio de congresos que lleva el nombre del emblemático astillero. La ribera izquierda del Ibaizabal ha sido recuperada para la ciudadanía a costa de pasar de ser una ciudad gris industrial a una urbe de mediano tamaño volcada en los servicios y que ambiciona consolidarse como destino turístico. A Etxaburu ese lugar le trae muchos recuerdos. «El cambio radical de la reindustrialización la vi desde aquel autobús», apunta.
También tiene cierta carencia hacia la calle Autonomía, tanto a pie de calle como en las alturas, en aquel despacho de la sede de ``Egin'', en la confluencia de esa arteria con General Concha, donde todas las semanas unos jóvenes, entre ellos él, hacían posible ``Gaztegin''. «Por esa calle han circulado decenas y decenas de reivindicaciones de muy diverso signo en el pasado y lo seguirán haciendo en el futuro, un futuro en el que confió. Ese futuro en el que estamos empeñados muchas y muchos transitará por la calle Autonomía», vaticina, pendiente de un juicio por su militancia política que condiciona desde hace años su vida.
Dónde tomar algo
No tiene duda Mikel Etxaburu al inclinarse por el Casco Viejo y Bilbao La Vieja a la hora de tomar algo. Se siente cómodo en las tabernas de Barrenkale y su entorno, así como al otro lado del Ibaizabal, donde su preferido en el Ziburu. La oferta es importante y en los últimos años se ha producido una importante renovación de locales al convertirse el Botxo en lugar de destino de muchos turistas, aunque los clásicos siguen teniendo mucho tirón tanto entre los bilbainos como entre los forasteros.
Dónde comer
Confiesa que no es un habitual de los restaurantes. El último, que por cierto le gustó y recomienda, es el local Dando la Brasa, en la calle Aretxaga en su confluencia con San Francisco, que ofrece platos de la cocina argentina, con carnes a la brasa como platos estrella.

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