Mikel INSAUSTI
Zinema kritikaria
CRíTICA: «Quédate conmigo»

La vejez no tiene por qué ser una etapa de claudicación

El cine nunca deja de dar sorpresas, y si no que se lo digan al veterano actor James Cromwell, que este mismo mes cumple los 75 años, habiendo conseguido a tan tardía edad el primer papel estelar de toda su carrera, dedicada por entero a apariciones secundarias. En la pantalla encarna a un anciano que está a punto de alcanzar la barrera de los 90, pero que parece más joven, según las características del personaje real, un habitante canadiense de New Brunswick llamado Craig Morrison. Su caso saltó a la prensa local cuando se enfrentó a la justicia para defender el hogar que quería construir a su mujer enferma, interpretada en la película por Genèvieve Bujold, un par de años menor que su compañero de reparto.

«Still Mine» triunfó en el 2012 en los premios Genie del cine canadiense, estrenándose prácticamente al mismo tiempo que «Amour» de Haneke, con la que fue comparada enseguida. Pero las diferencias entre ambos títulos son muy marcadas a la hora de abordar la problemática de la vejez, ya que la película de Michael McGowan es mucho más positiva e insiste en que la jubilación no tiene por qué ser un periodo para claudicar en la vida. Por el contrario, el octogenario protagonista de la historia demuestra un espíritu de resistencia que para sí quisieran la mayoría de los jóvenes. A la vez representa el respeto por las tradiciones, en su condición de antiguo artesano que es capaz de levantar una casa con sus propias manos y sin la ayuda de nadie. Ya no queda mucha gente así en el mundo.

El caso Morrison certifica una vez más que la justicia es ciega y no entiende de sentimientos, ni de valores. Es más, la burocracia es la que arruina a una familia honrada que no ha hecho otra cosa que trabajar y ahorrar para vivir dignamente sus últimos años. Poco o nada importa el ejemplar romance de este matrimonio que ha convivido durante más de seis décadas bajo el mismo techo, y que no se quieren separar el uno del otro cuando llega el difícil trance que supone el no poder valerse, ya como antes, física y mentalmente.