Qatar abre el camino a las nacionalizaciones masivas
El criterio arbitral sobre el endurecimiento de las sanciones varió sobre la marcha a partir de los octavos.

La 24ª edición del Mundial que finalizaba el domingo en Doha fue calificada como un éxito organizativo sin precedentes. Con un presupuesto 25 veces superior al de la anterior edición celebrada en España (las cifras que han trascendido son de 220 millones de euros por 9), ha sido un lujo en lo referente a instalaciones, alojamiento, retransmisiones televisivas... Un excelente escaparate para un emirato que ha elegido el deporte para mejorar su imagen, y que tiene en el horizonte próximo la organización de un Mundial de fútbol.
Pero el miércoles pasado, en la eliminatoria de cuartos de final que enfrentaba al anfitrión con Alemania, a un centenar de seguidores germanos se les negó el acceso al pabellón «porque sus localidades ya estaban ocupadas por aficionados qataríes» -además de la peña de animación española Furia Conquense, contratada para animar a Qatar durante el campeonato, la presencia de militares y/o trabajadores inmigrantes en el país, pagados ex profeso para llenar las gradas ha sido habitual-. La Federación Alemana, así como el capitán de su selección, Uwe Gensheimer, criticaban airadamente la actuación de la organización contra sus seguidores, entre ellos familiares y las parejas de los propios jugadores.
El incidente pasó casi desapercibido, pero dos días después, en semifinales, volvió a repetirse, esta vez no solo con los seguidores alemanes, sino también con los daneses, que habían adquirido previamente sus entradas y, a pesar de que sus selecciones no se habían clasificado, acudían a ver los partidos. De nuevo se les prohibió el acceso, «porque sus selecciones no estaban entre las que competían», al tiempo que la organización les canjeaba sus entradas por las de los partidos de clasificación que disputaban Dinamarca y Alemania (por las plazas del 5º al 8º). Sus localidades fueron ocupadas por militares qataríes para poder llenar el pabellón y apoyar a su selección.
Otros dos aspectos importantes para la reflexión que deja este Mundial son los relacionados con las nacionalizaciones ad hoc de los jugadores (solo dos de los 16 jugadores de Qatar habían nacido en su país, y los otros 14 eran naturales de Bosnia, Montenegro, Francia, España, Cuba, Egipto, Túnez y Siria). Preguntado al respecto durante el torneo, su seleccionador Valero Rivera, que no quiso entrar en este tema, dejó caer que también otras selecciones se han beneficiado de este tipo de jugadores. Y es cierto. El caso más relevante es el de España, en cuya trayectoria ascendente desde los 90 han sido claves jugadores como los ex-soviéticos Chepkin y Duishebaev, el cubano Uríos (con el que ganó el Mundial 2005), o más recientemente Sterbik.
También Alemania ganó el Mundial 2007 con el bielorruso Klimovets y el ucraniano Velyky en sus filas, y el polaco Bogdan Wenta acabó su carrera enrolándose en el selección germana.
Pero -aún siendo una medida dudosa y discutida- se trataba de casos individuales, y nunca se había llegado a una situación financiada y diseñada como la que ha organizado Qatar, que tras el éxito pondrá las miras en llegar a los Juegos Olímpicos de 2016 con una estructura similar, bien como campeón de Asia o a través del torneo preolímpico.
La experiencia habrá abierto los ojos a otros países que, visto el éxito, podrían impulsar iniciativas similares. Qatar hizo una interpretación extensiva de la normativa IHF, incluso colando alguna incorporación dudosa (como las de Saric y Markovic, que no se ajustaban estrictamente a los plazos marcados en la normativa), ante lo que la IHF ha hecho la vista gorda, pero el tema podría desmadrarse.
Reajuste del criterio arbitral
El segundo punto de atención ha sido el arbitraje. Este tipo de torneos se aprovechan para incidir en algunos aspectos del juego, y en este caso se aleccionó a las 18 parejas -que, por supuesto, no son las mejores del mundo, dado que se debe cumplir «diplomáticamente» con todas las confederaciones continentales- para que se endurecieran las sanciones por faltas cuando el jugador está en el aire, y que se prestara especial atención a las faltas sobre los extremos en las acciones de remate, y el marcaje a los pivotes.
Como consecuencia de estas directrices, en los 60 partidos de la primera fase se registraron 646 exclusiones (casi 11 por partido), 160 más que en la anterior edición de 2013 (8 por encuentro), un 33% más. El criterio arbitral se mantuvo exactamente igual en la siguiente ronda (octavos de final, y President's Cup para los últimos puestos), pero las protestas arreciaban -por los nuevos criterios, y sobre todo por el escaso nivel de muchas de las parejas arbitrales que los debían aplicar-, y la IHF se plegó a las críticas y mandó a parar.
Lo insólito fueron las declaraciones del responsable de arbitraje en este Mundial, el exárbitro alemán Manfred Prause. Lo primero que hizo fue asegurar que no había posibilidad de influir en los arbitrajes -ante la cascada de protestas por un trato favorable a Qatar-, «porque hasta las 10.00 de la mañana del día del partido nadie sabe, salvo yo, quienes arbitrarán cada partido», lo que de algún modo hacía recaer las sospechas sobre él.
Pero a continuación se explayaba en sus críticas sobre algunas parejas, diciendo que «tenemos árbitros con un alto nivel de comprensión, capaces de integrar los criterios que les proponemos en su actuación en la pista, pero desgraciadamente hay otros que aplican literalmente lo que les explicamos en el curso», dando a entender que una cosa es saber el reglamento y otra aplicarlo, un problema que se agrava cuanto menor sea el nivel de la competición en que arbitran habitualmente.
«Las sanciones por las faltas sobre los extremos han sido exageradas», continuaba Prause, y como consecuencia de todo ello ocho parejas fueron enviadas a casa después de los octavos de final, señaladas por las críticas de Prause, que finalizaba diciendo que «no es suficiente con conocer los reglamentos, también es muy importante ser capaz de leer un partido. Hace falta un talento particular para ser un árbitro de alto nivel».
En los 12 partidos disputados a partir de la «relectura» de los criterios descendió drásticamente el nivel de sanciones disciplinarias (un total de 73, seis por partido), lo mismo que ya sucedió en el Mundial 2013.
Presencia segura para las más grandes
La presencia de Alemania en este Mundial, tras ser eliminada en la fase clasificatoria, previa «expulsión» de Australia, vino junto a una reforma en la normativa de la IHF sobre la calificación para los Campeonatos del Mundo que podría significar un cambio sustancial para próximas ediciones.
Desde 1958, cuando el Mundial amplió su participación a 16 equipos, y durante diez ediciones, el número de países no europeos presentes nunca pasó de cuatro. En 1995 se amplió a 24, como estrategia para extender el balonmano a otros continentes, y desde entonces nunca ha habido menos de 10 selecciones no europeas, e incluso llegaron a ser 13 en 1999. Para Qatar se clasificaron 11, pero la expulsión de Australia, y la posterior renuncia de Emiratos Arabes Unidos y Bahrein (sustituidas por Arabia Saudí e Islandia), las acabó dejando en 9.
Pero la eliminación alemana precipitó los acontecimientos. Las diez ediciones con 24 selecciones no habían dado los resultados apetecidos, salvo en algunos casos (Brasil, Argentina, Egipto, Túnez, Corea del Sur...), y la IHF prefirió cortar por lo sano, primero para repescar a Alemania, el mercado más importante del mundo del balonmano, y de paso para replantearse su decisión de 1995.
A partir de ahora no será suficiente con clasificarse en los correspondientes torneos continentales, sino que luego habrá que pasar un examen de la IHF que certifique que el nivel de una selección es adecuado para competir en el Mundial, decisión que la IHF justifica «para fortalecer y proteger el producto Campeonatos del Mundo».
De momento es una potente llamada de atención a las selecciones no europeas más endebles: o aumentan su nivel, o estarán siempre en la cuerda floja. En la otra parte, esta norma se convierte en un seguro para las selecciones más potentes (Francia, Alemania, España, Croacia, Dinamarca...), que si tuvieran un accidente, como le pasó a Alemania, serían repescadas sí o sí. J.C.E.
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